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sábado, 10 de octubre de 2020

Memorias de un mago enamorado 32

Capítulo 31              Índice           Capítulo 33

Memorias de un mago enamorado

 

Foto original por Photos Hobby
Foto original por Photos Hobby


Capítulo 32: El ascenso de la máquina


Erase una vez una rubia de cuerpo perfecto montando a horcajadas sobre la espalda de un calvo musculoso que iba volando gracias a su magia de fuego.

No habían sobrevolado mucho cuando Atahualpa abrió la boca de nuevo.

―Explicame algo Persea. Si querías llegar lo más pronto posible con Melodie, ¿no habría sido mejor un taxi?

Persea contuvo la tentación de darse una palmada en la frente porque no quería que Atahualpa se diera cuenta que ella había sido una completa idiota.

Por supuesto que mi bicicleta impulsada por mis plantas es más veloz que un simple taxi. Lo malo fueron esos tipejos que me empezaron a seguir bajo la absurda creencia de que si tenían sexo conmigo ellos también iban a adquirir dones mágicos porque yo soy una bruja.

Atahualpa casi rompió su propio cuello de toro al girar su cabeza con demasiada brusquedad para ver a Persea con una mirada de regocijo infantil.

―¿Las mujeres ordinarias quieren tener sexo conmigo ahora mismo? ¡Este es el momento que he estado esperando toda mi vida! ¡El repentino momento en que me vuelvo popular con las chicas y puedo procrear un digno heredero de mis antepasados!

Persea lo sacudió por los hombros con violencia, sin miedo a una caída fatal.

―¿Qué tonterías dices Pie Pequeño? ¡No te puede aprovechar de la idiotez de los demás! ¡Eso está mal!

―Persea, das demasiada cantaleta para ser tan hermosa, no seas amargada. No creo que podamos salir juntos a conquistar chicas con esa actitud tan negativa.

―Yo soy mujer de una mujer, no tengo interés en andar ligando chicas por ahí.

―Además, no pienso aprovecharme de ellas: las voy a sacar de su error. Sin embargo, eso puede darme la oportunidad de conocer a una chica linda, invitarla a tomar algo. Ya sabes, una cosa puede llevar a otra.

―Vaya Pie Pequeño, pasaste de sonar como un abusador sexual a un perdedor total.

―Por cierto, ¿podrías dejar de llamarme Pie Pequeño? Me estás acomplejando.

―¡Me comprometo a no llamarte Pie Pequeño si cierras la boca y vuelas lo más rápido que puedas!

Menos de un minuto después, Atahualpa volvió a hablar

―Persea...

―¡Juro por el Mago Hartwell que te voy a partir la cara Pie Pequeño!

―Persea, ¿es eso un jodido robot? ―Preguntó Atahualpa apuntando con un dedo.

Ella siguió con la vista la dirección señalada por el índice y descubrió lo que parecía ser un robot que se aproximó volando hasta quedar en una ruta paralela a la de ellos, a un metro de lejanía.

Era como ver una armadura medieval modernizada. El metal era blanco y reluciente, probablemente una aleación que se veía casi irrompible a la vez que conservaba cierta flexibilidad. A través de las coyunturas en las placas de la armadura se podía percibir un exoesqueleto de un metal negro, junto con un montón de cables perfectamente alineados que resplandecían con un color carmesí, dando la impresión de que en esos puntos su sistema sanguíneo estaba expuesto a la vista de todos. Era como ver un robot de juguete que era tan grande como un niño de diez años. Tenía compuertas retráctiles (en las suelas de sus botas, las palmas de sus guanteletes y en la espalda) de las cuales eran emitidas ondas propulsoras que le permitían volar tan bien como Atahualpa. El visor de su casco era una línea tan ajustada que lo único que se podía ver eran dos brillos de color carmesí, el mismo color que en sus cables.

El robot les enseñó el dedo medio de su mano derecha y les habló con una voz electrónica que por alguna razón Persea sintió familiar, y al mismo tiempo le produjo un escalofrío.

Saludos, Lesbiana la Flor Inmoral y la Llama en el Pie Pequeño. Soy la Unidad Kurobot y estoy aquí para destruir a los enemigos de Blaise el Fabricante Inválido. ¿Desean actualizar su estado de aliados a enemigos? ¡Me encantaría matarlos a ambos!

Decir que una rubia, un calvo y un robot estaban recorriendo los cielos a mitad de la noche sonaba más como el principio de un chiste que una descripción de lo que estaba sucediendo.

―Pues, creo que queremos evitar todos los conflictos innecesarios que puedan retrasar nuestro desplazamiento, al menos hasta que nos reunamos con nuestros camaradas. Así que, ¿podemos seguir siendo amigos, amable Señor Robot? ―Propuso Atahualpa, manteniendo una prudencial separación de dos metros.

¡Pues que lastima! ―Exclamó Kurobot como si fuera una frase de una canción electrónica.

―¿Kurobot? Me suena de algo. Voy a analizarlo, no estoy segura de que sea realmente un robot. ―Dijo Persea.

―Déjame ahorrarte el maná Persea; no es un humano, no tiene el calor corporal de uno. ― Compartió Atahualpa.

―Es mejor que me dejes los análisis a mí, Pie Pequeño. Ahora guarda silencio, por favor, y no me vayas a dejar caer. No quiero perder tiempo al tener que regenerarme.

―¿Qué?

―Silencio.

Atahualpa sintió como los tiernos muslos se apretaron más contra sus caderas. También hicieron lo mismo los brazos de ella sobre el cuello de él, y como resultado de todo el estrechamiento anterior, pudo sentir con mayor precisión los pechos perfectos sobre su espalda.

―Persea, en una escala de uno a diez, ¿qué tan lesbiana eres?

―Once. Ahora guarda silencio o te arranco los ojos.

¡La unidad Kurobot ofrece su asistencia con dicha labor!

Tras un minuto, Persea volvió a abrir sus ojos verdes.

―Pude detectar tres elementos de vida orgánica: su cerebro, y sus ojos carmesí.

―¿Tiene los ojos carmesí? ¡Oh, tienes razón! Son iguales a los de Celestino. ―Exclamó Atahualpa.

―No es una coincidencia. ―Concluyó Persea, que ya había deducido la identidad de Kurobot.

Afirmativo. La Unidad Kurobot era hermano del difunto Bastardo del Viento conocido como Zeferino, y ha llegado a la conclusión de que el Segundo Bastardo del Viento conocido como Celestino también puede ser considerado como un hermano por la Unidad Kurobot, lo que simplifica mi sentimiento de odio homicida hacia un completo desconocido.

Atahualpa y Persea intercambiaron miradas de preocupación de soslayo.

―Sé un poco sobre él. Era un niño cuando lo vi morir, y un completo psicópata. Era un asesino serial de magos y brujas que estuvo activo hace cuatro años. ―Explicó Persea.

―¿El Dios Asesino no era más que un niño? Lo estuve investigando porque sospeché que había matado a alguien de mi Aldea. Dejó de matar justamente cuando empecé a seguir su rastro. ¡Espero que haya sufrido mucho tras convertirse en un robot!

Los términos correctos son organismo cibernético, ciberhumano o cyborg. ¡Y yo también te odio, maldito calvo ignorante! ―Canto Kurobot con su timbre electrónico.

―Pues tuviste suerte de no encontrarlo Pie Pequeño. Kuro tenía la habilidad de anular todo tipo de magia. No creo que pudieras contra eso.

Atahualpa tuvo que morderse la lengua porque se suponía que nadie por fuera de la Aldea debía conocer sobre su llama azul. Por suerte para él, Kurobot sintió la necesidad de intervenir.

¡Y todavía lo puedo hacer! De no ser por mis órdenes, ya los habría hecho caer. A esta altura la probabilidad de muerte para la Llama en el Pie Pequeño es de sesenta y siete por ciento.

―Su rango de acción es de tres metros. ―Añadió Persea divertida.

Atahualpa se alejó hasta los cuatro metros en su trayectoria de vuelo compartido, nada más para estar seguros.

¡Subiré los decibelios de mi voz para que puedan seguir escuchándome malditos cobardes!

―Kuro era el hermano menor de Zeferino. Asesinó a aquellos magos y brujas para llamar su atención. Luego secuestró a Fernando, el hermano menor de Melodie, por lo que Zeferino fingió su muerte y lo atacó cuando menos lo esperaba, así rescatamos a Melodie y a Fernando. Lo que no sabíamos entonces era que uno de nuestros amigos era en realidad Jiro, otro hijo del Dragón del Viento. Para ganarse nuestra confianza y engañarnos, Jiro mató a su propio hermano pequeño. ―Relató Persea con cierta amargura.

Se operó un cambio visible en Kurobot. Su vuelo se volvió irregular e inestable porque sus propulsores crecían y decrecían sin ritmo. Sus puños de metal estaban tan apretados que el resto de la armadura estaba vibrando.

¡Asesinaré a ese traidor!

―Me temo que eso no podrá ser, aunque puedes torturarlo si lo deseas. ―Comentó Persea con alegría mórbida.

―¿Qué? Lo que afirmas es contradictorio. ¿Ha pagado o no ha pagado por lo que me hizo?

Era un poco difícil tomar a Kurobot en serio porque sonaba como un mal cantante con autotune. A pesar de ello Persea habló con mucha seriedad.

―Jiro fue a buscarme. Consideré que la muerte era demasiado buena para él y lo convertí en una planta humana, similar a mí, porque no puede morir. Pero Jiro no puede defenderse, así que lo puedo lastimar todo lo que se me antoje, por siempre. Por eso te invito, Kurobot, no a asesinarlo, sino a torturarlo a tu gusto. Creo que tú y yo podríamos ser buenos amigos después de todo.

Al principio Kurobot no reaccionó. Luego se carcajeó como una computadora poseída por un demonio.

Por su parte, Persea sonrió con belleza y maldad.

Atahualpa los contempló por un rato y al final suspiró.

―Supongo que no soy quién para juzgarlos: yo acabo de matar a la mamá de Zeferino.

Persea puso cara de consternación. Kurobot redobló su risa de computadora demoníaca.

―¿Crees que Celestino se vaya a sentir mal? No eran su familia en un sentido literal. Y ambos eran malos personas. Aún así, él tiene las memorias de Zeferino. Celestino me cae bien, es un verdadero hombre. ¿Cómo no admirar a alguien que está dispuesto a permanecer al lado de una bomba nuclear? No quiero que sufra porque su pseudo-familia este compuesta de un montón de locos. ―Reflexionó Atahualpa.

―Para empezar, más respeto con Melodie. Y para terminar, Pie Pequeño, no tienes de qué preocuparte. Celestino se sentirá más tranquilo por la desaparición de aquellos que quieran lastimar a Melodie. ―Replicó Persea.

―Claro. Lo malo es que el primero en la lista es un Dios. ―Se quejó Atahualpa.

―Y también están sus guerreros de élite. ―Añadió Persea.

Nuestras probabilidades de éxito son del cinco por ciento. ―Anunció Kurobot con entusiasmo robótico.

―Vaya, parece ser que tenemos un optimista en el grupo. ―Bromeó Atahualpa para ocultar su desazón.

―Eso me recuerda. Kurobot se presentó en nombre de Blaise el Fabricante. Su nombre estaba en la lista de enemigos que el Dios Dragón del Fuego ordenó exterminar. Kurobot, ¿acaso Blaise estuvo en un Gremio junto con Melodie y Zeferino?

Afirmativo, Flor Inmoral. Ellos tres junto con Carmen la Exploradora fundaron Rumpitur Cordibus Quattuor.

―Comprendo. Todo parece indicar que Blaise es nuestro aliado aunque no lo conozcamos en persona. Para ser honesta, prefiero que Kurobot haya sido enviado por un extraño. Tenía miedo de que fuera un regalo de último minuto del Mago Hartwell.

Oh, pero yo sí soy un regalo del Mago Hartwell, quien me dejó en manos de Blaise el Fabricante para cuando llegase el día del fin del mundo, ¡qué es hoy!

Atahualpa extendió un par de metros más su distancia de seguridad entre ellos y Kurobot, lo que Persea aplaudió internamente.

Kurobot se carcajeó una vez más, produciendo el clamor de docenas de ollas siendo aporreadas hasta la completa destrucción.


...


Capítulo 31              Índice           Capítulo 33


Nota de autor


Para los que no hayan leído el encabezado de mi Twitter o Facebook, básicamente quedan como cuatro capítulos para el final de Memorias de un mago enamorado. Debo escribirlo a toda prisa porque a partir de la última semana de Octubre estaré bajo contrato con una empresa y ya no podré escribir mientras trabaje con ellos.

Procedo a copiar aquí mi nota de despedida

...

"Con mucho pesar debo anunciar mi retiro de Rhaidot.

¿Por qué?

Hace casi un mes envié una hoja de vida a una empresa, algo que llevó haciendo durante años. Sólo que está vez sí me llamaron a un examen, y de alguna manera lo hice suficientemente bien como para que me ofrecieran un contrato. Es una oportunidad de empleo excelente que no puedo rechazar. La cuestión es que la empresa maneja una clausula de exclusividad y debo dedicar todo mi tiempo a trabajar con ellos, so pena de arriesgarme a una demanda.

Así que a partir de la última semana de Octubre me será imposible escribir por razones legales.

Toda mi vida he intentado ser un escritor, desde los 8 años. Lo que más quería era poder vivir de mis escritos. No lo pude lograr. Creo que en parte es mi responsabilidad, porque a veces hice las cosas bien, sin embargo la mayor parte del tiempo no fue así. Tener éxito como escritor también es cuestión de suerte, casi como comprar un billete de lotería, y yo no compré el billete ganador.

Siempre quise saber lo que se sentía ser un Mangaka, pero no así. Siento como si Memorias de un mago enamorado hubiese sido cancelado justo cuando entró a su fase final, un corte tan profundo que alcanzó a Mi mujer es una serpiente que ya estaba en su revisión final. Voy a procurar escribir un final apropiado para Memorias de un mago enamorado, aunque considero inevitable que los lectores lo sientan apresurado. Parece apropiado para una historia que yo mismo acepto tuvo mucha influencia de Bleach.

Hoy mismo voy a cerrar mi Patreon para evitar que mis patrocinadores reciban un cobro adicional. No creo que vaya a seguir activo en mis redes sociales, porque puede ser hasta contraproducente para mi nuevo trabajo.

Es justo reconocer que la persona con quien más estoy en deuda es @Melathana pues siempre me apoyó para que yo fuera mejor escritor y mejor persona. Ella me tuvo la paciencia que yo no tenía ni para conmigo mismo. A ella le hago entrega de las llaves de Rhaidot para que abra la puerta hacia la escritura, si ese es su deseo.

No descarto la posibilidad de regresar como escritor, pero no será pronto. Podrían ser cinco, diez, veinte años o más, o simplemente nunca. No lo sé.

Tuve suerte de ser reconocido por algunas personas, ya fuera como traductor o escritor. Me siento muy afortunado y agradecido por todas las personas que me apoyaron, como lectores o patrocinadores, a todos dedico mis más sinceros buenos deseos."


Esta entrada fue posible gracias a Nkp, Kbrem y Claudio Andres Cayulao Martinez.

Gracias por leer.


domingo, 4 de octubre de 2020

Memorias de un mago enamorado 31

Capítulo 30              Índice           Capítulo 32

Memorias de un mago enamorado

 

Foto por Richard Felix
Foto por Richard Felix


Capítulo 31: El ascenso del fénix


Al abrir los ojos, Atahualpa se sintió borracho. Sólo se había embriagado una vez, para su cumpleaños número dieciocho. Ese día pudo probar la chicha fermentada que únicamente era fabricada en la Aldea Pielroja, usando el jugo de la caña, cascaras de piña y un ingrediente secreto.

Lo primero que él hizo fue pensar en ese día no tan lejano, porque se había sentido igual que ahora: mareado, desorientado y débil. Además. el panorama que tenía ante sus ojos era muy similar, pues era de noche, las estrellas titilaban brillantes, una fogata cercana crepitaba y su luz calurosa lo estaba haciendo sudar. Y estaba rodeado de todos los adultos que vivían en la Aldea Pielroja, todos danzando y pegando alaridos. Aunque había algo diferente. Para su cumpleaños habían estado celebrando, en cambio ahora estaban plañendo, llorando y lamentándose.

Intentó ponerse de pie sin éxito, su cuerpo le resultó demasiado pesado.

―Si esto es el cielo, debo decir que estoy bastante decepcionado. ―Comentó Atahualpa desde el suelo.

Una certera patada en los riñones lo infundió de la energía para ponerse de pie de un brinco.

―¡Anciana Tehuixtle! ¿Por qué me está pateando? ¡Casi me muero! ¡Necesito descanso y cuidados!

A pesar de que Tehuixtle seguía teniendo el cuerpo igual de frágil y su cabello tan gris como siempre, a Atahualpa le pareció que sus ojos tenían más vigor que nunca.

―Nada de que casi te mueres: te moriste y punto. La patada fue por querer ser chistoso cuando te acabamos de traer de regreso con tanto empeño. Todos los adultos sacrificaron un año de sus vidas y te lo dieron a ti como obsequio. ¡No es una situación para hacer chistes!

Atahualpa contempló a su pueblo. Habían dejado el bullicio y ahora guardaban silencio. En sus rostros las emociones se veían más acentuadas por la fogata: alegría, pavor, reverencia, preocupación.

―Yo ni siquiera sabia que eso era posible. ―Se excusó Atahualpa.

Un coscorrón en la cabeza, con mayor fuerza de la que habría esperado en un puño tan tembloroso como el de Tehuixtle, cogió a Atahualpa por sorpresa. Se retorció y se sobó la cabeza al tiempo que brincaba de un lado para otro.

―¿Cuál es su problema anciana Tehuixtle? ¿Y eso por qué fue?

Tehuixtle sonrió, una sonrisa muy pura, tan blanca como el anaco que tenía puesto en ese momento, demasiado reluciente como para no ser nuevo. ¿Dónde y cuándo y con qué dinero se lo había comprado?

―Eso fue por compararme con esa bruja del viento. ¿Creíste que no te había escuchado?

Atahualpa tuvo que hacer memoria para comprender a qué se refería Tehuixtle.

―¡Oh! ¿Eso? Nada más lo dije para hacer enojar a esa bruja. Aunque no pronuncié ninguna mentira: ella sí se veía más vieja que tú.

Tehuixtle le asestó un puñetazo en la boca del estomago que lo dejó boqueando por un buen rato. La falta de aliento le duro poco, pues el colmo de su paciencia lo infundió de una energía sobrehumana.

―¡Suficiente! ¡Eso ya fue demasiado! ¡Ni siquiera a ti te lo voy a permitir!

Atahualpa se abalanzó sobre ella para atraparla con sus fuertes brazos, dispuesto a cogerla por la cadera y cargarla por toda la Aldea.

No la pudo tocar; atravesó a Tehuixtle como si no estuviese allí. Él nada sintió cuando la traspasó, y por eso mismo la carne se le puso de gallina.

―Y mi golpe final, Noveno, fue porque nunca me llamaste mamá.

El amor que sentía por Tehuixtle estaba combatiendo con el temor a lo desconocido, porque para Atahualpa era más aterrador hablar con un muerto que enfrentar una muerte segura.

―Este es el ritual secreto que el Mago Hartwell enseñó a nuestro pueblo, hace ya casi quinientos años. Un ritual prohibido que toma una porción de la vida de todos los voluntarios, y que requiere que otra alma tome el lugar del fallecido en el reino de los muertos. Así como Primero se sacrificó por su hija Segunda, yo elegí sacrificarme por ti. No creí que me quedase mucho tiempo para vivir, así que me pareció un buen trato.

La comprensión y la tristeza se apoderaron del pecho de Atahualpa. Cuando habló, lo hizo con un hilo de voz que parecía a punto de romperse.

―Anciana tonta. Mala hierba nunca muere, pudiste haber vivido el doble que todos nosotros.

―Nuestra técnica no tenía por qué ser un secreto para ti, pero yo decidí que lo fuera así. Desde muy pequeño has estado usando tu llama azul para defendernos de un peligro tras otro. Ningún Atahualpa tuvo una carga tan pesada y a edad tan temprana. Aunque no te gusta, te afeitas la cabeza para no irte a quemar con tu propio fuego. Todo lo que hemos podido conservar de nuestra antigua riqueza fueron esas cenizas de fénix con las que te fabricamos esos pantalones, y sé que detestas andar mostrando tus pies por ahí. Es tanto lo que has hecho por nosotros, y tan poco lo que nosotros habíamos hecho por ti hasta ahora. Yo sabía que tu vida se iba a extinguir demasiado pronto, por lo que concebí este plan y recibí el apoyo de toda la Aldea, y nos comprometimos a no revelarte nada, porque seguramente te habrías opuesto.

Atahualpa echó un vistazo alrededor, a los rostros de su pueblo temeroso.

―Anciana Tehuixtle, yo soy el único que puede verte, ¿verdad?

Ella sonrió con benevolencia.

―Es correcto. Tú puede verme por el vinculo que compartimos en vida y muerte. Ellos deben creer que estás experimentando algún frenesí místico. Y podrían tener razón. Es egoísta de mi parte, querer despedirme de ti de este modo. Aproveché la oportunidad, ya que tenía que darte un mensaje importante.

Atahualpa respiró profunda y repetidamente para contener sus emociones. No quería llorar en frente de toda la Aldea.

―Noveno, nosotros queríamos darte la oportunidad de vivir larga y plenamente, pedirte que no volvieras a usar la llama azul nunca más. Sin embargo, ahora mismo la situación de la humanidad es precaria. El velo se ha roto, y pronto el caos se convertirá en violencia. Y lo peor es que el Dios Dragón del Fuego ha empezado a devorar seres humanos con la esperanza de acumular suficiente poder como para vencer a Melodía de la Muerte. Por el bien de nuestra Aldea, y del resto del mundo, debes reunirte con tus nuevos amigos y ponerle fin a esta locura, cueste lo que cueste.

Atahualpa asintió con su calva cabeza y luego se quedó cabizbajo, mirando sus pies pequeños, casi tan duros como la roca. La batalla inminente no le preocupaba. Era un guerrero disciplinado; sin importar el peligro, estaba preparado. Pero tenía un nudo en la garganta porque nadie le había enseñado a expresar sus emociones y ya no era el tiempo para aprender.

―Lo lamento, mamá. ―Fue lo único que él atinó a pronunciar, sin estar seguro de por qué se estaba disculpando específicamente.

Como Tehuixtle nada respondió, Atahualpa levantó la vista. Descubrió que Tehuixtle ya no estaba allí, había desaparecido sin dejar rastro. Tosió para reprimir el escalofrío que lo atacó. Pasado un minuto, se había recuperado lo suficiente como para hablar de nuevo. Se dirigió a su pueblo.

―¡Muchas gracias a todos por traerme de vuelta! ¡Daré lo mejor de mí para no morir tan pronto!

Con esas palabras, creo una explosión bajo sus pies y salió propulsado hacia el cielo nocturno. Por un largo rato los de la Aldea Pielroja estuvieron contemplando la estela naranja que Atahualpa había dejado tras de sí en el aire. Luego se fueron acercando entre ellos, se tomaron de las manos y empezaron a rezar. No habían escuchado a Tehuixtle, ni tampoco visto las noticias que anunciaban todo tipo de fenómenos aterradores e inexplicables. Pero compartían una conexión espiritual con su renacido líder, sentían que había partido a una nueva e ineludible batalla. Un conflicto inevitable de vital importancia para todos. La Aldea Pielroja rezó en unisono, como si fuera el fin del mundo.


...


Incluyendo su reciente pelea contra la bruja Lena, y el lejano incidente con el lobo de dos cabezas, Atahualpa se había visto obligado a usar su llama azul en ocho ocasiones. Los oponentes que habían forzado su mano eran variopintos. Un Ifrit de fuego, un trol zombi, un unicornio vampiro, un culto al Dragón del Viento, un culto al Mago Hartwell, un culto al Dragón del Fuego (les cayó muy mal que él hubiese rechazado convertirse en su líder y semental), una empresa internacional de esclavistas y un demonio sacerdote (o sacerdote demonio, nunca lograba recordar el orden correcto). Era evidente que él era un hombre bizarro y que sus aventuras habían sido bastante bizarre: no eran muchas las cosas que lo pudieran sorprender. Aún así, se quedó mudo cuando vio la escena protagonizada por Persea.

En plena carretera principal en dirección a la casa de Melodie, el transito vehicular estaba paralizado porque había como diez motos Harley Davidson  tiradas por doquier sobre el cemento, algunas estaban ardiendo en llamas y con las luces delanteras encendidas; las inesperadas fogatas en medio de la urbe le recordaron a Atahualpa la Aldea Pielroja que acababa de dejar atrás, y por un segundo se le encogió el corazón.

Los motociclistas tenían lentes oscuros aunque fuera de noche, y chaquetas sin mangas de cazarrecompensas de los años noventa.  Todos habían sido derribados de sus poderosas motos por las hiedras venenosas y enredaderas de Persea, que además les habían bajado los jeans y se les habían introducido forzosamente por el agujero que las personas por lo usual sólo utilizan para hacer deposiciones.

Persea se estaba encarnizando especialmente contra uno de los motociclistas que era más grande que los demás, lo que realmente no le había servido mucho contra ella, que lo estaba pateando en el estómago al mismo tiempo que sus plantas mágicas hacían lo suyo.

Atahualpa aterrizó al lado de Persea, quien cesó su terapia de patadas estomacales al recibir la brisa de brasas y cenizas encima.

―¡Persea, con un diantre! ¿Qué rayos estás haciendo? ¡No se supone que tratemos a los ordinarios de ese modo!

Persea respiraba con agitación por la ira. Sus ojos verdes centellearon y volvió a patear al motociclista repetidamente.

―¡Ellos empezaron! ¿Cómo se atreven a hacerme perder el tiempo cuando Melodie me necesita? ¡Cuando una dama dice que no, es no!

Persea se aseguró de encajar una patada en medio de cada pausa.

―¿Ellos iban a...? ―Atahualpa no fue capaz de finalizar la pregunta.

Persea asintió con fuerza, sacudiendo su largo cabello rubio. Luego fijó sus ojos verdes sobre él, con expresión desafiante.

Atahualpa se acercó a otro motociclista tumbado y también empezó a patearlo en el estómago.

―¡Cerdos! ¡Asquerosos! ¡Podridos!

Al ver eso, Persea recayó en la euforia y alcanzó a propinar tres patadas más cuando cayó en cuenta que, nuevamente, estaba desperdiciando el tiempo por culpa de la venganza.

―¿Qué demonios estás haciendo Pie Pequeño?

―Pues lo mismo que tú, ¿no? ―Replicó Atahualpa perplejo.

―¡Melodie nos necesita! ¡Vayámonos, de prisa! ¡Llévame volando o lo que sea!

―Bueno, está bien. Ah, ¿puedo tocarte? Digo, mejor dicho, súbete a mi espalda y agárrate de mi cuello, será menos agotador que si te cargo como princesa, no, pasa los brazos por encima de mi cuello.

―Pie Pequeño, ¿por qué sigues hablando tanto cháchara? ¡Vuela de una vez!

Los ciudadanos de bien, que habían huido despavoridos ante la Femme Fatale, regresaron cuando la vieron partir hacia el cielo celeste. Recogieron a los motociclistas y sus motos y los pusieron sobre los andenes, sin atreverse a perturbar la torturadora labor de las agresivas plantas. Lo importante era restablecer el transito vehicular, no ayudar a tipos problemáticos desafiando el nuevo orden mágico mundial del que todos estaban hablando.


...


Capítulo 30              Índice           Capítulo 32


Nota de autor (26 de Septiembre de 2.020)


La sesión de escritura para este capítulo se topó con algún mal-funcionamiento de Google Docs. No sé si pueda resolverlo pero lo voy a intentar.

Estoy en proceso de conseguir un nuevo trabajo, uno mejor pagado. Espero que eso salga bien, porque podría significar tener más tiempo y dinero para dedicar a mi escritura. Crucen los dedos por mí.


Esta entrada fue posible gracias a Nkp, Kbrem y Claudio Andres Cayulao Martinez.

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sábado, 26 de septiembre de 2020

Memorias de un mago enamorado 30

Capítulo 29              Índice           Capítulo 31

Memorias de un mago enamorado

 

Foto por Sumit Saharkar
Foto por Sumit Saharkar


Capítulo 30: Una llama azul


Atahualpa dejó de jugar con otros niños cuando cumplió siete años.

―No puedes perder el tiempo con juegos infantiles. Eres la raíz que debe ser alimentada con estudio y entrenamiento, para que puedas crecer y convertirte en un árbol sabio y poderoso. ―Sentenció la anciana Tehuixtle.

El joven de rizos tan negros como sus ojos odió la explicación. También detestó las horas de lectura, los ejercicios de respiración, los análisis de pictogramas, y de trotar hasta que las piernas ya no lo podían sostener. Todo eso para que pudiera manifestar la magia de fuego de su madre. ¿Por qué él era el único niño al que se le exigía tanto? La magia era un asunto de los adultos, y Atahualpa creyó que era injusto que se esperase tanto de él.

Dos semanas fueron suficientes para que tirase la toalla. Se escapó en la noche, corriendo sin rumbo hasta terminar perdido en un bosque, donde se topó con un lobo gigante de dos cabezas: el animal era casi tan grande como una casa.

El niño Atahualpa se quedó petrificado y se orinó en sus piyama. Las dos bocas dentadas se fueron aproximando, babeando ante la anticipación de la carne fresca.

―¡Atrás, bestia!

Quien así había gritado era Victorino, un tallador de madera de la Aldea Pielroja. Su magia le permitía elaborar figuras y utensilios de una delicadeza sin par. Pero Victorino no era un guerrero. Desenvainó su machete que nunca había usado para lastimar a un ser vivo y lo descargó en medio del hombro y del cuello del animal. Una cabeza aulló de dolor, y la otra trituró a Victorino entre sus fauces.

Al ver a uno de los suyos herido frente a él, la sangre de sus ancestros reaccionó; su espíritu guerrero despertó en la forma de una llama azul sobre la palma de su mano derecha.

Era la primera vez que el niño esgrimía un hechizo. Su sorpresa y maravilla inicial fue aplastada por el grito de dolor de Victorino. Bramando para acallar sus miedos, sus pies corriendo al compás de su acelerado corazón, Atahualpa llegó hasta el enorme lobo de dos cabezas y estrelló la llama azul contra el pecho peludo de la criatura.

El fuego azul se extendió por todo el pelaje como si de antemano le hubiesen echado gasolina. El monstruo dejó escapar a su presa: Victorino fue arrojado a un costado con brusquedad. Atahualpa se acercó a él y lo halló muy maltrecho, con demasiados cortes profundos. A pesar de su estado moribundo, Victorino le sonrió.

―Esa es, la llama de la vida. Es digna de…

Victorino escupió sangre por la boca, dejó caer la cabeza a un lado y falleció.

El lobo de dos cabeza se revolcó en la tierra y se lanzó contra los árboles produciendo mucho alboroto. Fue inútil, porque la llama azul no se propagó a ninguna parte excepto sobre sí mismo, y no se extinguió hasta que las dos cabezas dejaron escapar su último aliento.

Atahualpa siguió observando el cadáver de Victorino, ambos inmóviles como estatuas, hasta que llegaron otros miembros de la Aldea Pielroja que lo habían estado buscando por todos lados. Se lo llevaron cargado en medio de lágrimas y gritos de alegría. Un indio fortachón y silencioso cargó con el muerto al hombro y todos regresaron juntos a su hogar.

Victorino recibió el entierro de un héroe.

Dos días después se le ordenó volver a su entrenamiento. Atahualpa obedeció sin protestar. Al principio todos estaban muy contentos de la nueva y buena disposición de su futuro protector. Sin embargo, tras una semana se sintieron acongojados al no volver a escuchar al niño más gritón en la Aldea. Varios se reunieron y le comunicaron sus preocupaciones a la anciana Tehuixtle. Ella de por sí ya tenía sus propias reservas, por lo que se decidió a hablar con el niño justo a la hora de dormir. Tehuixtle era la líder temporal hasta que Atahualpa cumpliese los dieciocho años. Ella lo había criado desde siempre, pues su madre había muerto cuando lo había dado a luz, y su padre era un desconocido cuya identidad nunca se supo.

―Noveno, ¿por qué estás tan callado últimamente? ¿Es por la muerte del señor Victorino?

Atahualpa asintió. Tenía la cabeza sobre la almohada y una cobija que lo cubría hasta el pecho.

Tehuixtle titubeó. Se sentó al borde de la cama y le acarició los rizos de la cabeza. La mayoría de personas en la Aldea lo tenían liso.

―Noveno, no fue culpa tuya. La muerte de Victorino estaba escrita en las estrellas. Además, vivió con la honra de un artesano, y murió con el honor de un guerrero. Pocos han partido con tanta dicha como él.

A él le parecieron sabias las palabras de Tehuixtle. Le gustaba mucho que ella sólo lo llamaba Noveno cuando estaban a solas. Pero Atahualpa no sabía cómo expresar la desazón en su interior, por lo que siguió sin hablar.

Tehuixtle  apretó los bordes de su falda con nerviosismo. Presintió que estaba en un punto importante del destino. Como la tutora del futuro líder, ella podría influir en la conservación o destrucción de su pueblo. No creyó que el ensimismamiento fuera un rasgo apropiado para el más grande de los guerreros.

―El cuerpo de Victorino tenía marcas de unos dientes enormes. Había muchas cenizas en donde te encontramos. Por lo que deduzco que el monstruo que acabó con la vida de Victorino fue incinerado con fuego. Una gran cantidad de fuego. Fuiste tú, ¿verdad?

Atahualpa asintió.

―Si lo tienes bajo control, ¿me lo puedes mostrar? Una pequeña llama sobre tu palma será suficiente. No quiero que vayas a quemar nuestra casa. ―Tehuixtle soltó una carcajada tan vieja como ella misma.

Atahualpa adelantó su mano derecha abierta. Cerró los ojos y recordó el rostro muerto de Victorino. Cuando abrió los ojos, vio la llama azul danzando sobre su palma, y a Tehuixtle con expresión de reverencia y lágrimas en sus mejillas.

―¡La llama ancestral! ―Murmuró ella con apremio.

Estuvo abstraída por unos segundos hasta que recordó el alimento de la llama azul y se amonestó a sí misma dándose palmadas sobre sus rodillas.

―¡Vieja tonta! Noveno, con eso basta. Apaga la llama ancestral antes de que te hagas más daño.

Él obedeció, confundido, y habló por primera vez desde la muerte de Victorino.

―¿Llama ancestral?

Sus palabras no fueron del todo comprensibles, pues ancestral no es una palabra fácil para un niño de siete años. Tehuixtle lo supo entender gracias a ese vinculo propio de toda madre e hijo.

―Escucha con atención Noveno. Hace casi quinientos años, Primero Atahualpa murió al caer en una trampa de los Españoles, quienes lo mataron por consejo del Dios Dragón del Viento. Moribundo, Primero clamó el nombre del Mago Hartwell, y este acudió a su llamado, con su túnica negra y su sombrero feo que esconden todo tipo de horrores. Hartwell le ofreció la venganza sobre sus enemigos, pero Primero lo rechazó, y le exigió que le diera el poder a su hija para proteger a los suyos. A cambio del alma de su padre, Segunda Atahualpa recibió la flama azul. Desde entonces, cada Atahualpa antes que tú ha utilizado ese poder para proteger a los indios e indias que son perseguidos. Todos somos familia porque pertenecemos a la misma tribu: somos los usurpados, los extraños, los expropiados. Sobrevivimos y perseveramos gracias al sacrificio de tus antepasados, por lo que ninguno de nosotros va a dudar en sacrificarse por ti. Seremos mejores que nuestros enemigos, no guardaremos rencor ni buscaremos venganza, Seremos justicia y vida.

Tehuixtle no siguió con su discurso porque cayó en cuenta de que Atahualpa se había quedado dormido. Le acomodó la cobija, lo besó en la frente y lo dejó soñando con las glorias de su Aldea. Tehuixtle se dijo a sí misma que tendría que repetir esa historia varias veces, porque había dos cosas que todos los Atahualpa tenían en común: no cumplir más de cincuenta años, y ser cabezas duras.


...


Lena menospreció la llama azul de Atahualpa. Pensó que no era otra cosa que un fuego que no requería oxigeno a costa de acelerar la muerte de su usuario. Para ella, la relación de costo y beneficio de esa técnica era absurda. Para colmo de males, sólo se podía usar con la mano derecha, por lo que no se podía usar para atacar y defender al mismo tiempo.

Se había sorprendido al ver la llama azul, por lo que momentáneamente se había descuidado y había permitido que algo de oxigeno llegase a los pulmones de Atahualpa. Pero ya no iba a cometer ese error: iba a forzar a Atahualpa a matarse a sí mismo.

Lena creyó ver sus ideas confirmadas cuando Atahualpa provocó una nueva explosión para elevarse a sí mismo por los aires. Sintió el peso de su equivocación cuando recibió una patada en su estómago.

Ella quedó anonadada. No lo había perdido de vista, ¡ni siquiera había parpadeado! Él simplemente había aparecido frente a Lena, recorriendo instantáneamente una distancia de cinco metros contra la gravedad y le había roto dos costillas con su pie.

Los dos fueron cayendo lentamente.

Atahualpa chocó contra la tierra pesadamente. Gruñó adolorido. Un hombre menos musculoso y menos mágico que él no habría resistido semejante golpe.

Casi en el último instante, Lena invocó una ráfaga de viento que redujo el impacto de su caída, aunque no por completo. Intentó ponerse de pie demasiado pronto, trastabilló, y escupió sangre por la boca. Enfurecida, se limpió la boca con el dorso de la mano. Lo que sintió y luego comprobó con sus propios ojos la hizo gritar de horror. No fue la sangre sino su propia mano arrugada y ajada lo que había espantado a Lena.

Atahualpa se incorporó a medias y se carcajeó por entero.

―¡Así es perra! ¡Removí la ilusión que tenías encima! ¡Mi llama es la verdad! Debo reconocer que me has sorprendido: ¡estás más vieja que Tehuixtle!

Atahualpa puso todo el bravado que le fue posible en su voz. Pero su postura no era firme, respiraba por la boca, sus rodillas temblaban, y ya no le quedaba nada de sudor. Él estaba en su límite y era consciente de ello. Su única esperanza era irritar a Lena para una confrontación final, y no fallar con su última llama azul.

Lena era una visión de rabia y decadencia. Sus ojos azules se habían vuelto de color negro, enrojecidos y con ojeras. Su otrora cabello dorado como el sol ahora era gris, desordenado y largo como un animal peludo y muerto. Su boca desdentada, sus largos dedos huesudos, su nariz larga, su postura encorvada, su túnica blanca chamuscada y destrozada que revelaba su estomago quemado y flojo; todo en ella estaba empapado del odio absoluto que sintió por Atahualpa en ese momento.

―¿Qué esperas, vieja desbaratada? ¿Acaso estás sorda? ¡Aquí estoy!

La vieja Lena casi cae en su trampa. Ella no había sobrevivido durante tanto tiempo sin razón. Antes de dejarse consumir por su ira, inspeccionó los alrededores en caso de que hubiese un enemigo escondido, o fuera a recibir un ataque desde un ángulo inesperado. Captó que, si bien había varios aldeanos espiando por las ventanas, no parecía que ninguno de ellos fuera a intervenir. Iba a embestir a Atahualpa con todo lo que tenía cuando reflexionó sobre lo que había visto.

La bruja Lena se carcajeó siniestramente.

―¿Qué pasa, perra vieja? ¿Acaso has perdido la chaveta? ―Atahualpa sonó envalentonado, aunque su corazón se había encogido.

―Conque de eso se trataba, hermoso Atahualpa. Realmente esperabas que no me diera cuenta.

Atahualpa apretó los dientes, sus músculos tensos como el acero. 

―Tu casa está un poco retirada del resto. Y es la más vistosa. No le di importancia, pensé que era una señal de autoridad y respeto dentro de tu Aldea. No, estaba muy equivocada: es para atraer la atención sobre ti. Tú eres el escudo de tu preciada Aldea. Incluso durante nuestro combate, has procurado mantenerme alejada de las otras casas. ¡Qué vergüenza para mí! Pensar que no te pude derrotar antes a pesar de que estabas peleando con esa desventaja.

Atahualpa tragó saliva. Presintiendo lo que Lena iba a hacer a continuación, salió corriendo para interponerse entre Lena y el resto de aldeanos.

―¡Tú preocupación por los demás es tu mayor debilidad! ¡Muere!

Lena lanzó un torbellino horizontal desde sus manos arrugadas, directo hacia el centro de la Aldea Pielroja.

Cada paso que dio le clavó agujas de dolor en las piernas, pero eso no disminuyó su velocidad. Justo como Lena lo había calculado, Atahualpa llegó a tiempo para ubicarse en la trayectoria del torbellino, portando la llama azul en su mano derecha como último recurso para salvar a los suyos.

Lo que alguien como Lena jamás podría entender era que Atahualpa no era un escudo., sino una espada. Él le prendió fuego al torbellino de fin a principio, envolviendo en llamas azules no solamente el aire mágico que la bruja usaba para combatir, también el aire que entraba y salia de sus pulmones, por lo que el decrepito cuerpo se fue quemando por dentro y por fuera.

―Tú, que solamente peleaste por ti misma, nunca conociste la verdadera fuerza. Mi llama es la vida, mi llama es la verdad. ―Declaró Atahualpa con su aliento final, y se desplomó con el mismo estrépito de una torre derrumbada.

Lena intentó disipar el fuego azul con ráfagas de viento combinadas con sus gritos de dolor y auxilio. Así como ella nunca ayudó a nadie en su vida, nadie la ayudó a ella en su muerte. De Lena no quedaron más que unas cuantas cenizas que pronto fueron esparcidas por el viento.


...


Capítulo 29              Índice           Capítulo 31


Nota de autor (19 de Septiembre de 2.020)


Fue muy positiva mi primera experiencia de escribir “en vivo“ por decirlo de alguna manera. Durante la semana, aproveché los ratos libres en mi trabajo como vendedor para escribir el borrador del capítulo en un cuaderno. El día Viernes aproveché la mañana para transcribirlo al documento de Google, previo aviso por mi Twitter de que lo iba a hacer. Creo que el capítulo quedo bien pulido y espero que eso se vuelva una tendencia para mí.

El día de mañana tengo pensado hacer la corrección de mi otra novela, Mi mujer es una serpiente, que ya está completa pero quiero revisar muy bien antes de publicarla en Amazon. También les voy a compartir el enlace para que la puedan ver en su desarrollo.

Normalmente pienso trabajar en Mago enamorado los Sábados y en Mujer serpiente los Domingos, pero esta semana me cambiaron el turno, por lo que tuve que hacerlo el Viernes y el Sábado.

Como siempre, muchas gracias por su apoyo.


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sábado, 19 de septiembre de 2020

Memorias de un mago enamorado 29

Capítulo 28              Índice           Capítulo 30

Memorias de un mago enamorado

 

Foto original por Chris Rhoads
Foto original por Chris Rhoads


Capítulo 29: Falso viento


Tras enviar el vídeo a Melodie, Atahualpa esperó diez minutos para recibir una respuesta. En su celular ni siquiera apareció la notificación de que ella lo hubiese visto. Pensó que quizá Melodía de la Muerte se acostaba tan temprano como un ave de corral. Tendría que esperar al día siguiente para saber la opinión de ella. Reprodujo el vídeo una vez más (lo había visto como veinte veces) con la esperanza de captar un nuevo y revelador detalle.

El vídeo duraba un minuto. La cámara no era de gran calidad y la persona que lo había tomado se había movido todo el tiempo, porque estaba corriendo por su vida. En sus últimos instantes, se giró para confrontar a su perseguidor. Ahí se podía ver al supuesto Zeferino con claridad. Tenía los detalles precisos, los ojos carmesí y el cabello rubio. Sin embargo sus movimientos eran torpes, a pesar de estar flotando en el aire, no tenía nada de la gracia y fluidez que había mostrado Celestino en su combate contra Atahualpa; era como ver un muñeco de movimientos articulados, al que debían hacer girar su cuello para que pudiera ver en una dirección, y luego mover sus brazos y piernas por separado para dar la sensación de que estaba con vida.

En ese punto, muy cerca de la verdad, Atahualpa se dejó distraer por la muerte de aquel infortunado habitante de la Aldea Pielroja. El supuesto Zeferino le arrojó varias cuchilladas de viento y lo cortó en pedazos. El celular cayó al suelo y por pura suerte no se rompió, alcanzando a grabar la espalda de su asesino al retirarse. Una espalda en la que sobresalía una joroba. Al menos Atahualpa creía que tenía forma de una joroba, aunque no podía estar segura porque la ocultaba la ropa que tenía puesta su enemigo, una especie de túnica blanca.

Atahualpa suspiró frustrado. La investigación no era lo suyo. Desde niño lo habían entrenado para ser un guerrero y ser digno heredero del legado de sus antepasados. Se esperaban dos cosas de él: ser un guerrero excelente, y encontrar una esposa digna con la cual procrear.

―Sé que tienes que ser falso. Si el tal Zeferino es la mitad de decente de lo que es Celestino, de ninguna manera habría destruido la Aldea Pielroja de tal modo, ni habría asesinado sin razón. ―Dijo Atahualpa para sí mismo.

―Lo que dices es verdad. Es una pena que no te sirva de nada. ―Resonó una voz distorsionada en su cuarto, como si proviniese de una radio averiada.

Atahualpa, quien había estado sentado en su cama, se puso de pie con un brinco y rodeó su propio cuerpo con llamas, tanto para defenderse como para atacar. Sus músculos tensos, sus ojos negros viendo para todos lados, intentando localizar el origen de la voz. Sólo tenía puestos los mismos pantalones negros del día anterior.

―Sin duda alguna eres Atahualpa. No entiendo por qué te dicen la Llama en la Mano si puedes generar fuego por todo tu cuerpo. Como sea, hoy no vine a jugar contigo, sólo necesito que mueras y no me causes problemas.

Atahualpa anticipó que el ataque provendría de la ventana, y tuvo razón a medias, porque un torbellino derribó ese muro; no contó con las otras ráfagas de viento que vinieron de las otras paredes, del suelo y del techo.

La casa se derrumbó bajo el azote de los vientos. En un parpadeo, la casa ardió en llamas y Atahualpa resurgió triunfante en medio de un tornado de fuego.

―Hay que ser temerario para venir de nuevo a la Aldea Pielroja, directamente a mi casa para destruirla, y atacarme con viento a sabiendas de que el fuego se alimenta de ese elemento. ―Había eco en las palabras de Atahualpa a causa de las llamas.

Flotando a cierta distancia, se encontraba el supuesto Zeferino. Sus ojos carmesí observaron a Atahualpa de modo ausente.

―Reconozco que tienes habilidad. A pesar de la superioridad del fuego sobre el viento, devorar el oxigeno con tus llamas es de gran complejidad técnica. ―Fue la misma voz distorsionada que Atahualpa había oído en su cuarto.

―¡Dejate de payasadas y muestra tu verdadera cara! ―Gritó Atahualpa enojado.

―¿De qué hablas? Soy Zeferino, el Vástago del Viento.

―¡Y un cuerno! Ahora que te tengo frente a frente, estoy seguro de que no eres el verdadero. Tu disfraz es muy bueno, desde luego, porque usaste su cadáver para elaborarlo. Lo usas como una segunda piel, una que no te encaja perfectamente. Y mantienes la distancia para que no pueda ver que tus labios falsos no se mueven, sino que trasmites el sonido con el viento y lo haces llegar directamente a mis oídos.

El supuesto Zeferino se sacudió y se encogió, y Atahualpa escuchó unas carcajadas de mujer anciana que le helaron la sangre.

―¡Eres adorable! Es una pena que tenga que asesinar a alguien tan talentoso y guapo como tú. ¡Como quisiera sujetarme de esos poderosos brazos! ―La voz ya no estaba distorsionada, y parecía pertenecer a una mujer que quería sonar sensual.

―¡Cállate y deja de mancillar los restos de Zeferino! No lo conocí en persona, pero para mis amigos él es alguien importante. ¡Muéstrame tu verdadero rostro!

―¿Y qué vas a hacer si no lo hago? Debo aprovechar cualquier ventaja para ganar contra alguien tan lindo y poderoso.

―¡Te dije que te callaras!

Atahualpa se quitó el tornado de fuego de encima y lo lanzó directo hacia el falso Zeferino, quien de inmediato fue retrocediendo para esquivar. Al hacerlo, el tornado de fuego se dividió en cien bolas de fuego que lo fueron atacando desde todos los ángulos. El falso Zeferino evadió los primeros ataques, y después se vio abrumado por la cantidad.

Las bolas de fuego fueron impactando al falso Zeferino, cuya piel ardió en llamas como si fuera una tela. Quien allí se ocultaba se desprendió de su disfraz y la arrojó lejos de sí misma: se trataba de una mujer rubia y de ojos azules, vestida con un sombrero puntiagudo de bruja y una túnica blanca con bordes y runas de color rojo.

Lo que le llamó más la atención a Atahualpa fueron las sensuales curvas de la bruja. Se esforzó por recuperar la concentración y usó su control sobre el fuego para reunir las cenizas del cuerpo de Zeferino; todavía calientes, las agrupó hacia sí mismo, y las recogió con sus manos. Pensó por un segundo y optó por meter las cenizas en un bolsillo de su pantalón. Sintió un poco de asco al pensar que estaba tocando un muerto.

Para defenderse de la gran cantidad de bolas de fuego, la bruja invocó una barrera de viento sobre sí misma y recibió todos las explosiones, absorbiendo el daño con su maná.

―Me forzaste a gastar una enorme cantidad de energía para defenderme, mago de la Llama en la Mano. Pero tú también usaste una cantidad de maná correspondiente. Un mago con más experiencia habría continuado atacando hasta eliminarme, o al menos producirme una herida considerable, en vez de distraerse con un acto sentimental. ―Dijo la mujer con voz coqueta.

―Mi intención no era lastimarte, sino quemar los restos de Zeferino. Antes de darte tu merecido quiero saber quién eres. Sin importar que tan hermosa seas, no voy a perdonar a la persona que atacó mi Aldea.

La bruja rompió en carcajada.

―¡Eres tan deliciosamente ingenuo! A un verdadero guerrero no le importa la identidad de su enemigo. ¡Lo único que importa es que esté muerto! Voy a complacerte, porque puedo recuperar algo de maná mientras hablo contigo. Supongo que tú harás lo mismo, aprovechando la alta concentración presente en la Aldea Pielroja.

―¡No juegues conmigo bruja! ¡Dime quién eres! ―Bramó Atahualpa.

La bruja tomó su sombrero con una mano e hizo una corta reverencia.

―Mucho gusto, Noveno Atahualpa. Yo soy aquella conocida como Huracán Lena, la belleza eterna, el desastre ambulante. Fui reclutada por el Dios Dragón del Fuego para llamar tu atención y provocar una pelea entre ese clon que mi hijo fabricó y tú. Melodía de la Muerte estaba bajó la protección del Mago Hartwell, y el Dragón del Fuego no podía atacarla sin iniciar un conflicto global. Parece ser que mi intervención salió mejor de lo esperado. El Mago Hartwell ha desaparecido y el velo ha caído. Ahora voy a recibir tanto la adoración de los ordinarios como de los magos, ¿no crees que es genial? No serán muchos los que sobrevivan al banquete del Dios Dragón, pero me contentaré con los que queden.

Atahualpa se quedó parpadeando con expresión atontada.

―¿Huracán Lena? ¿Eres una bruja con título? Jamás había escuchado de ti.

La bruja le arrojó una cuchillada de viento. No fue un golpe ingenioso, sino una ráfaga producto de la rabia que Atahualpa pudo evadir con facilidad.

―¡Mocoso insolente! Es cierto que he mantenido un perfil bajo los últimos dieciocho años, ¡pero eso no le da a nadie el derecho de olvidar mi nombre! ¡Soy la destructora de hogares, aquella que rompe corazones con su belleza y su magia!

Atahualpa volvió a parpadear desconcertado.

―Creo que lo único relevante de todo lo que has dicho es que eras la madre de Zeferino. O sea que estás en el bando que quiere destruir a la mujer que él amo y a un clon que es muy similar al propio Zeferino. Y lo peor de todo, que utilizaste el cadáver de tu hijo como si fuera un disfraz barato. Tampoco te importó atacar mi Aldea ni matar personas inocentes. Creo que estoy en todo el derecho de romper tu cara, anciana.

Cruzaron miradas asesinas, el mago de fuego y la bruja de viento, ambos flotando con el poder de sus elementos bajo el manto oscuro de la noche, iluminados solamente por las estrellas fulgurantes.

Atahualpa se rodeó en llamas y construyó un ave de fuego que graznó enfurecida y se arrojó sobre Lena para aplastarla con su pico.

Lena no se movió.

Cuando el ave de fuego estaba a un metro de distancia, desapareció sin dejar rastro. Atahualpa se quedó en el aire, con expresión confundida, y empezó a caer.

―¿Qué? ―Dijo el joven, y al intentar respirar lo comprendió.

Nada de aire entró a sus pulmones, ni por su nariz ni por su garganta. Atahualpa calculó que su enemiga lo había atrapado en un área de tres metros donde no disponía de oxigeno para inhalar, y mucho menos para encender su fuego mágico.

―Ten una buena caída. ―Se despidió Lena agitando su mano.

Lena se concentró para mantener el área sin oxigeno sobre Atahualpa, acompañando su vertiginoso descenso hasta el suelo. No despegó los ojos de la calva cabeza de su enemigo ni por un segundo, por lo que pudo ver claramente cuando en el último momento, a pesar de la imposibilidad química, Atahualpa creo con su mano derecha una bola de fuego azul y causó una explosión en el suelo que redujo el impacto de su caída.

―¡Imposible! ―Gritó Lena, frustrada por no haberse salido con la suya.

Atahualpa se puso de pie, en medio del cráter que había quedado tras la explosión. Sudaba profusamente, y respiraba con dificultad. La llama en su mano seguía resplandeciendo con azul fulgor. A continuación murmuró para sí mismo; Lena lo pudo escuchar porque el viento le trajo sus palabras.

―Nadie puede apagar mi llama. Mi llama va a arder incluso después de mi muerte.

La bruja Lena recuperó un poco de serenidad y miró a Atahualpa con desprecio.

―Ya veo. Un fuego que no enciendes con oxigeno sino con tu propia vida. Una técnica prohibida y tonta. ¿De que sirve vencer a tu oponente si tú también vas a morir, mocoso? Si únicamente puedes usarla con tu mano derecha, será muy fácil de esquivar.

Atahualpa apuntó la bola de fuego azul contra el piso y creo una nueva explosión, una que lo propulsó derecho hacia la bruja Lena.


...


Capítulo 28              Índice           Capítulo 30


Nota de autor (12 de Septiembre de 2.020)


Tuve muchas dificultades con este capítulo, pero no por el capítulo en sí mismo. En parte por circunstancias personales, y en parte porque el final de Mago enamorado se hizo visible para mí. Para la mayoría de escritores, creo, percibir el final de lo que escriben les produce un suspiro de alivio. No para mí. Yo siento tristeza y ansiedad, como si a una persona real le hubiese sido diagnosticada una enfermedad terminal. Una parte irracional de mí se deja llenar por la depresión y hasta se convence de que seré más feliz si no termino la historia.

Mi novia me aconsejó tomar un par de semanas de descanso porque se dio cuenta de que yo estaba muy estresado y forzando mi escritura. El hiato me sirvió para determinar el origen de mi depresión, y pensar mejores formas de seguir escribiendo.

Mi plan de acción es el siguiente:


1. De ahora en adelante mis patrocinadores tendrán acceso al documento de Google en el que escribo la historia. Así podrán dejarme comentarios directamente en alguna parte que les interese y ver como la historia avanza en tiempo real. Mi método de escritura consistirá en escribir 2.000 palabras el día Sábado, probablemente en la mañana. Voy a utilizar mis redes sociales para informar del momento en que me encuentre trabajando en el documento de Google.

2. No voy a publicar más cuentos, prefiero concentrarme en las novelas, así que pronto tendré lista la recopilación con los cuentos que ya escribí.

3. Voy a procurar hacer vídeos para YouTube, pero sin afanes. Me tomaré el tiempo necesario para escribir un buen guión y hacer una grabación decente, por lo que mis vídeos serán esporádicos.

4. Calculo que faltan veinte capítulos para el final de Mago enamorado, más o menos. Fue divertido escribir una novela gratis y que este disponible para todos, para que cualquiera pueda ver que mi estilo se inclina por las novelas ligeras y la fantasía oscura.

5. Hay otra novela cuyo borrador ya he terminado pero aún la estoy revisando, se llama Mi mujer es una serpiente. También quiero mostrar su proceso de desarrollo a mis patrocinadores, pero no sé si se las voy a compartir antes o después del final de Mago enamorado, creo que dependerá de cuán bien maneje mi tiempo. Cuando esté lista la voy a vender por Amazon; desde luego mis Patrocinadores también tendrán acceso a Mi mujer es una serpiente.


Reitero mi agradecimiento a todos mis lectores y espero tener energías para hacer aún más de lo que ya me he propuesto.


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domingo, 30 de agosto de 2020

Memorias de un mago enamorado 28

Capítulo 27              Índice           Capítulo 29

Memorias de un mago enamorado


Foto original por Almos Bechtold
Foto original por Almos Bechtold

Capítulo 28: Melodía de la muerte


¿Por qué esta canción sigue viniendo a mí?

―¿Abuela?

Es tan difícil no dejar salir esa canción.

El Dragón del Viento batió sus alas, lanzando diez cuchilladas de aire que destrozaron a la pequeña Melodie en pedazos.

Es una canción tan bella, me pide que la deje salir, para que todos la puedan oír.

De cada trozo cercenado surgieron chorros de sangre y luz que volvieron a unirse para reconstruir a Melodie donde había estado de pie.

Si no fuera por mi abuela, la podría dejar salir.

¡IMPOSIBLE! ¡AÚN SI ERES SU HIJA, NO PUEDES SER COMO NOSOTROS!

Mi abuela ya no está. Ya no está, al igual que Tom.

El Dragón del Viento se elevó a una distancia prudencial, creo un torbellino a su alrededor y lo siguió alimentando para convertirlo en el huracán más poderoso que pudiera construir sin destruir su vasija.

Yo maté a Tom. El ángel mató a mi abuela.

Melodie percibió que el huracán iba a destruir la casa de su abuela, las casas vecinas, a todas las personas que vivían en la zona, y sobretodo, a su pequeño hermano Fernando, que estaba desmayado junto con los pollos.

No es un ángel, es un demonio.

Ella abrió su boca, rotas las cadenas que la habían estado conteniendo hasta entonces.


Grita tu nombre el viento,
que sopla en los recodos de mi corazón,
grita tu nombre y es suficiente,
para acallar mi dolor.


...

El Mago Hartwell emergió como una mancha negra del suelo, su túnica negra apenas y contenía una delgada figura de cuello alargado, sobre el cual el gorro feo pendía con fragilidad. Vio a Melodie abrazando  el cuerpo inerte de su hermano.

Más allá, estaba el cuerpo que había pertenecido al Dragón del Viento. Sus muertos y abiertos ojos carmesí mostraban incredulidad. En cambio la sonrisa en su rostro era de alegría. Había plumas desperdigadas a su alrededor, sobretodo por debajo de su cabello rubio. Hacia ese cadáver caminó el Mago Hartwell. Le puso una mano que en realidad parecía la garra de una pantera, y el hombre se convirtió en cenizas que fueron absorbidas por la túnica negra, aspiradas como si fueran hojas en otoño.

―Ahora puedes descansar. Al menos tu cuerpo no irá a ese horrible lugar. ―Dijo el Mago Hartwell con solemnidad.

Sólo cuando lo escuchó hablar, fue que Melodie notó su presencia. Acostó el cadáver de su hermano con la mayor gentileza que pudo. Se puso de pie y se dirigió hacia el Mago Hartwell, arrastrando los pies. Avanzó hasta aferrar la túnica negra con sus puños de niña, contra la cual escondió su rostro.

 ―Abuelo. ¿Por qué, abuelo?

―Porque tenía que suceder. ―Respondió Hartwell con tono monótono.

―Abuelo, tú puedes hacer cualquier cosa, lo que sea, la abuela me lo dijo. Por favor, los tienes que salvar, a los dos, por favor. ―Suplicó Melodie, con su voz chillona

El Mago Hartwell negó con la cabeza, fofa y enorme como la de un hipopótamo.

―¡No! ¡No y no! ¡Tú puedes, sé que puedes! ¡Por favor!

―Yo no soy un ser todopoderoso, nieta mía. Yo no soy más que un balanza para medir. Tu abuela está más allá de cualquier cosa que me puedas ofrecer. Sin embargo, es posible revivir a Fernando, si estás dispuesta…

―¡Sí, claro que sí! ―Lo interrumpió Melodie a gritos.

―¿Aún si debes perder...?

―¡No me importa, por favor, sólo hazlo!

―Muy bien.

El Mago Hartwell tomó a Melodie de la mano y caminaron hasta el cadáver de Fernando. Sin soltar a Melodie, puso su otra mano sobre la frente del niño muerto. Sus manos cambiaron de forma varias veces durante ese lapso.

La misma luz que había surgido de Melodie cuando había sido herida, volvió a aparecer, emanando tanto del Mago Hartwell como de ella. La luz se fue transmitiendo de ellos hacia Fernando, quien pronto empezó a respirar con normalidad.

Melodie cayó sentada al suelo, mareada, respirando con dificultad.

―Estás exhausta. Usaste tu poder al máximo de tu capacidad para eliminar al Dragón del Viento. Y acabas de perder la mitad de tu tiempo de vida. No creo que vayas a vivir más allá de los cuarenta años.

El Mago Hartwell se dio cuenta que ella no le había prestado atención. Los ojos avellana de la niña sólo estaban observando a su hermano respirar apaciblemente. Leyó la felicidad en el rostro infantil y decidió que tenía que destruir ese sentimiento de complacencia por el bien del futuro.

―¿Crees que basta con salvar a tu hermano? ¿Qué hay de las tres mil quinientas personas que acabas de matar? ¿No significan nada para ti?

La niña levantó la mirada hacia él, y se lo quedó viendo asombrada.

―¿Qué?

―Así es. Mira a tu alrededor. ¿No ves los pollos muertos? ¿No ves las plantas y flores marchitas? Tu melodía de la muerte se extendió en ocho kilómetros a la redonda. Has cometido una masacre de grandes proporciones. Ahora todos los magos y brujas van a temblar ante la mera mención de tu nombre. Y tu poder sólo ira aumentando, hasta que termines por envolver este mundo bajo tu canción de muerte.

―No, no. No puede ser. ¿Por qué? ¿Por qué abuelo? ¿Por qué no hiciste nada?

El Mago Hartwell no le respondió.

―Es tu culpa. Todo es tu culpa. ¡La abuela murió por tu culpa! ¡Todos murieron por tu culpa!

El Mago Hartwell se fue convirtiendo en una mancha negra que se hundió en el suelo hasta desaparecer sin dejar rastro.

―No quiero volver a verte, ¡nunca! La próxima vez, la próxima vez que te vea, ¡voy a cantar para ti! ¡Lo prometo!

...

La invisible y letal canción se fue esparciendo más allá de Melodie y Celestino, más allá del ejército de Harpías, como la misma sombra de la muerte.

Las tres Medusas de la División Cuatro se quitaron sus lentes oscuros y se petrificaron entre sí, prefiriendo la esperanza de ser liberadas por un golpe de suerte por encima de una muerte certera.

El Capitán Jace y su Escuadrón Dragón de la División Tres se dieron a la fuga de inmediato, azuzando a sus lagartos alados a pesar de saber que era imposible ser más rápidos que la Melodía de la Muerte.

Las hijas del Dios Dragón del Viento activaron una Piedra de Teletransportación. La fanfarronería había abandonado sus caras y había sido reemplazada por un temor absoluto.

La chica rubia de la División Uno, Key, se lanzó a la vanguardia con una explosión de fuego que la arrojó directamente hacia Melodie y Celestino. Un mandoble más largo que ella apareció en sus manos, y Key esgrimió la punta hacia adelante, adivinando por intuición la posición de la canción asesina.

Cuando la punta del mandoble y la canción chocaron, se produjo una retroalimentación acústica. Tanto Melodie como Key fueron arrojadas para atrás. Celestino reaccionó y cogió a Melodie entre sus brazos para que no cayese al suelo. Key en cambio se fue a estrellar contra una casa cercana.

―¡Mel! ¿Estás bien, Mel?

Ella parpadeó confundida, y luego posó sus ojos avellana sobre él.

―¿Cel? ¿Qué acaba de ocurrir?

―No sé cómo, pero esa mujer acaba de bloquear tu canción. Lo pude sentir, esa espada grande pudo destruir tu canción.

―Entonces, ¿nadie murió?

―Nadie, excepto las Harpías, claro.

―¡Qué alivio! ―Las lágrimas se asomaron al rostro de Melodie.

Celestino asintió, aunque por dentro sintió aprehensión ante la oponente que había aparecido de la nada. Fue entonces cuando cayó en cuenta de que Melodie estaba lastimada.

―¡Melodie, tu mano!

Ella miró hacia la misma dirección que él. El dorso de su mano derecha tenía un moretón.

―Ni siquiera hay sangre, no tienes que preocuparte Cel.

Otra explosión los hizo fijarse en la chica rubia, que se detuvo a un par de metros de ellos. Un vistazo le bastó a Celestino para analizarla.

―Usa magia de fuego para levitar, similar a Atahualpa, pero a un nivel mucho más refinado.

Key se sacudió su corto cabello rubio y erizado con su mano derecha. Tanto Celestino como Melodie pudieron ver que tenía un moretón idéntico al que tenía Melodie, del mismo tamaño y en el mismo lugar.

―¡Me decepcionas, Melodía de la Muerte! No puedo negar que tu poder puede compararse con el mio. Sin embargo tu control deja mucho que desear. Creía que eras un monstruo que disfrutaba matando inocentes. Ahora veo que eres algo peor, eres una idiota.

Melodie se separó de Celestino y manipuló el viento para flotar por cuenta propia.

―¿Quién eres tú?

―Mi nombre es Key, una Guerrera Mística. Aunque eso no debe significar nada para ti. Provengo de otra dimensión diferente a esta. El Dragón de Fuego, mi padre, me trajo aquí para combatir fuego con fuego. O sonido con fuego, mejor dicho.

Los ojos azules se midieron con los ojos avellana, y luego se posaron sobre los ojos carmesí.

―Tú por otro lado, clon, tienes un control perfecto sobre el viento, y acabas de hacer un excelente trabajo para amortiguar la expansión del poder de esta tonta. He escuchado grandes cosas de mi primo Zeferino, y tú eres digno de heredar su título. No creas que no me di cuenta que me ayudaste a atemperar la violencia de nuestro choque. ―Congratuló Key.

―Nuestra intención desde un principio era detener a las Harpías. Eso de la extinción humana es un negocio de tu padre, no nuestro.  ―Replicó Celestino.

El largo mandoble volvió a aparecer en las manos de Key, y apuntó a Melodie con su arma.

―Oh, ¿en serio? Por lo que he escuchado, si hay alguien capaz de extinguir a la humanidad es esta tonta. ¿Estás seguro de estar en el bando correcto, clon?

Algo iba a replicar Celestino, pero Melodie se le adelantó.

―Él tiene un nombre, se llama Celestino. ¿Qué hay de malo con que sea un clon? Eso no hace de Cel menos persona que tú o yo.

―¡Vaya, así que puedes hablar por ti misma! ¡Eso me gusta más! Si vas a ser la heroína de este mundo, lo menos que puedes hacer es defender a la persona que amas. Tienes toda la razón, a mí tampoco me importa si es un clon o no. Lo que sí me importa es lo siguiente: ¿puedes vencerme, sí o no, nieta del Mago Hartwell?

Celestino contempló a Melodie con preocupación. Ella se dio cuenta e intentó sonreír para tranquilizarlo, aunque su boca sólo compuso una mueca adolorida.

―No te preocupes Cel. Te dije que ya lo había recordado todo. Sé que soy la nieta de ese sujeto, y… Todo lo demás.

―¿Pero qué hay de lo que él no te ha dicho? ¿Acaso piensan quedarse conversando aquí conmigo todo el día, mientras el Dragón del Fuego se come a todos los que viven en esta ciudad? ―Interrogó Key con seriedad.

―¿Qué? ―Espetó Melodie, quien se giró para ver a Celestino de modo inquisitivo.

―Es verdad. El viento me informó que el Dragón de Fuego se ha transformado en, bueno, un Dragón verdadero, y está devorando a cuanta persona se atraviese en su camino. Se encuentra en el centro de la ciudad.

Melodie y Celestino se contemplaron a los ojos, comunicándose sin cruzar palabras.

―Sólo nosotros lo podemos detener. ―Afirmó Melodie.

Se iban a tomar de la mano cuando Key agitó su mandoble en medio de los dos y los obligó a separarse.

―¿Qué crees que estás haciendo, Melodía de la Muerte? ¡Aún no respondes mi pregunta! ¿Puedes vencerme, sí o no?

―¿Por qué te interpones en nuestro camino? Tú no eres como los demás seguidores de los Dragones, ¡tú estás cuerda! ¿Por qué pelear con nosotros? ―Celestino la interpeló con desesperación, pues por un momento creyó que habían hecho una aliada.

En los ojos de Key, tan azules como un mar tranquilo, se traslucía una tristeza insondable.

―Estoy atada a hacer su voluntad, porque hice un pacto. Estoy aquí para combatir a la Melodía de la Muerte, y eso es lo que pienso a hacer.

...

Capítulo 27              Índice           Capítulo 29

Nota de autor (24 de Agosto de 2.020)


Me retrasé un par de días con este capítulo. Pido disculpas por ello. He estado lidiando con mi depresión jugando The Binding of Isaac como loco. Estoy contento de haber salido de estos capítulos de Flashback y estar de regreso a la historia principal, aunque seguramente habrá otros capítulos donde volveremos al pasado.

Nota de autor (30 de Agosto de 2.020)

Queridos lectores, escribo esta nota para comunicar que Memorias de un mago enamorado va a entrar en hiato por un par de semanas. Muchos creadores de contenido han tenido que tomarse una pausa en sus actividades durante esta pandemia y aunque lo he intentado con todas mis fuerzas, yo tampoco voy a ser la excepción. De hecho he llegado al punto en que me siento quemado, con cero creatividad y motivación. Espero publicar un nuevo capítulo exclusivo para mis Patrocinadores el 12 de Septiembre, que será luego puesto para todos en el blog de Rhaidot el 19 del mismo mes.

Aunque tengo que seguir trabajando como vendedor cincuenta horas a la semana porque gracias a eso no me muero de hambre, espero que este lapso de descanso me ayude a recuperar las energías creativas necesarias para seguir escribiendo.

Muchas gracias por su apoyo, paciencia y comprensión.

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domingo, 23 de agosto de 2020

Memorias de un mago enamorado 27

Capítulo 26              Índice           Capítulo 28

Memorias de un mago enamorado


Foto original por Rhett Wesley
Foto original por Rhett Wesley

Capítulo 27: ...nieta mía


La abuela de Melodie estuvo muy pendiente de su nieta. Su yerno decía, en broma, que era una abuela helicóptero. Su hija estaba muy feliz con su presencia y apreciaba todo el tiempo que le dedicaba. Nada raro pasó por un tiempo, por lo que la abuela se relajó a pesar de las constantes advertencias del Mago Hartwell. Poco días después del primer cumpleaños de Melodie, su abuela la escuchó llorando en la habitación de sus padres. A pesar de su edad, corrió como un rayo y la encontró abrazando a Tom, el gato de la familia. El gato estaba inerte entre sus pequeños brazos de niña.

―Melodie, ¿qué pasó? ¿Por qué estás llorando?

―¡Tom! ¡Tom! ―Repitió Melodie, una y otra vez.

La abuela comprendió e hizo lo que había decidido hacer de antemano. Cogió a Melodie por los hombros y la sacudió con violencia, la suficiente como para que soltase el cadáver del gato, aunque no para hacerle daño realmente.

―¡Te dije que no debías cantar! ¡Nunca, nunca! ¡El gato está muerto por tu culpa! ¡Tú mataste a Tom!

La niña, confundida, aumentó su llanto.

El padre de Melodie determinó que el gato había sufrido un paro al corazón. O que había sido envenenado. Lo metió en un costal y lo fue a enterrar en un terreno baldío.

La abuela tuvo la esperanza de que el regaño fuera suficiente. Siguió con un ojo abierto sobre su nieta.

...

Cuando Melodie tenía tres años, su madre cayó gravemente enferma durante una semana. La abuela fue a cuidarla y notó que su nieta estaba comportándose extraño, pues intentaba mantenerse alejada de ella, cuando normalmente no quería despegarse de sus faldas.

Cuando la madre de Melodie ya estaba recuperándose y podía salir de la cama por un par de horas, la niña finalmente se acercó a su abuela.

―Mamá enfermó, por mi culpa. Yo, canté. ―Confesó Melodie.

La abuela suspiró aliviada, pues ya lo había sospechado.

―Melodie, voy a tener que castigarte. Tú entiendes por qué, ¿cierto?

La niña asintió, moviendo su cabello negro de arriba a abajo. Vacilante, se bajó los pequeños pantalones que tenía puestos ese día, y su abuela le dio palmadas hasta que se le cansó el brazo. Ninguna de los dos se lo comentó a nadie. Fue un secreto entre las dos, como el abuelo invisible que sólo ellas podían ver.

...

Cuando Melodie tenía cinco años, tuvo una pelea con un niño que era hijo de unos amigos de sus padres. Ocurrió en un parque cercano. El niño le arrebató su bicicleta a Melodie y pedaleó alrededor de ella describiendo un círculo, mofándose y mostrando la lengua. Cada vez que Melodie lo intentaba atrapar, el niño se alejaba de ella y se reía más fuerte.

Melodie dejó de llorar, se quedó muy quieta, murmurando algo que sólo el niño pudo escuchar, algo que lo hizo perder el equilibrio y golpear su espalda de modo tan tremendo que sufrió fracturas múltiples, que degeneraron en una joroba.

Todos se sorprendieron cuando la abuela de Melodie le dio una bofetada tan fuerte que le tumbó un diente de leche. La tildaron de exagerada, retrograda y chapada a la antigua, pero por fin Melodie aprendió su lección.

...

―Hoy es el día, ¿verdad? ―Preguntó la abuela de Melodie.

El día anterior había sido el cumpleaños de su nieta. Melodie realmente había querido visitarla y pasar con ella todo el fin de semana. El Mago Hartwell le había comprado una casa en la parte campestre de la ciudad. La parte trasera de la casa tenía un terreno para cultivar que la abuela había llenado con cilantro. También tenía una docena de pollos merodeando por ahí, Melodie y el pequeño Fernando los estaban persiguiendo por todos lados.

La abuela y el Mago Hartwell contemplaban a los niños, tomados de la mano, aunque la de él tenía la apariencia de la pinza de una langosta. Ante el comentario de ella, el Mago Hartwell dejó escapar una medio carcajada.

―Ya no debería sorprenderme tanto. Aún así, debo preguntar, ¿cómo lo sabes, querida?

―Bueno, para empezar, estamos en el año que indicaste. Sin embargo hay algo extraño sobre este día. Me siento observada, y la gente se comporta de modo diferente. Hoy mis vecinos saludaron con un asentimiento de cabeza en vez de desearme un buen día. Hay más carros transitando por la zona, lo que es inusual. Y por último, estás tan nervioso que estás a punto de triturar mis viejos huesos.

―Lo siento.

―Está bien, todavía lo puedo soportar. Querido, cuando yo muera, ¿qué va a suceder conmigo? ¿Es posible que nos veamos de nuevo?

La espalda del Mago Hartwell se hinchó junto con su pecho, se inclinó hacia adelante y su cara indefinible se estiró hacia adelante como un pico: pareció una especie de cuervo negro borroso y gigante.

―Vernos de nuevo es posible, pero antinatural. Tú morirás y te convertirás en energía, veintidós gramos para ser precisos. Te unirás con el universo y luego volverás a renacer. Tus experiencias en esta vida van a trazar un trayecto para tu próxima vida, un efecto residual y subconsciente, que puede ser positivo o negativo dependiendo de tus acciones. Serás alguien completamente diferente, el agua que cae de la cascada no es la misma, aunque no se mueva de lugar. Si yo intento interferir con tu ciclo, lo único que puedo lograr es perjudicar tu existencia.

―Es una lastima. Me gustaría que nos pudiéramos ver de nuevo, aunque no fuera más que por un momento. ¿Cómo eran las otras mujeres de las que te has enamorado?

―Pues para empezar. no todos fueron mujeres. Supongo que tenían una personalidad similar a la tuya.

―Quizá yo sea todas esas personas, buscando encontrarte en cada una de mis vidas. ―Sugirió la abuela sonriendo. Todavía tenía todos sus dientes.

―Es un bonito pensamiento, aunque sea falso.

La abuela, viendo jugar a sus nietos, tembló visiblemente.

―No me importa lo que pase conmigo, ¿pero que hay de Fernando? ¿Lo puedes salvar a él? ¡Apenas tiene cuatro años! ―Suplicó ella gimoteando.

El Mago Hartwell nada respondió.

Los niños se acercaron corriendo, el pequeño Fernando un poco adelantado a Melodie, pues ella venía cargando un pollo gordo entre sus brazos. El pollo aleteaba alterado.

―¡Abuela, abuelo! ¡Cogimos un pollo! ―Anunció Melodie con alegría.

―¡Pollo! ¡Pollo! ―Fernando hizo eco con el escaso vocabulario que tenía.

La abuela se tragó sus lagrimas y le sonrió a sus nietos.

―Bien hecho Melodie. Ahora suelta al pollo y permite que tu hermano lo atrape. Mientras tanto siéntate a nuestro lado.

Fernando salió corriendo detrás del despavorido pollo. Su hermana y sus abuelos se lo quedaron viendo en silencio por un largo rato.

―¿Por qué solamente tú y yo vemos al abuelo? Ni Fernando ni mis padres lo pueden ver.

La abuela le frotó la cabeza a la niña, desarreglando su cabello negro.

―Eso ya te lo he explicado antes Melodie.

―Pues sí, pero sigo sin entender.

El Mago Hartwell se sacudió hasta parecer un enorme oso con una túnica negra y un gorro feo sobre la cabeza.

―Es muy simple nieta mía. Hace muchísimo tiempo, un malvado Dragón vino a este mundo para conquistarlo. No buscaba conseguir esclavos, sino poner su marca sobre ellos. Una marca invisible que ata a las personas a otra dimensión, al lugar del que provino el Dragón, un siniestro lugar que no debe ser nombrado a la ligera. Si todas las personas son atadas, entonces este mundo podría ser destruido por el capricho de esos falsos dioses. Por eso, poco después de la llegada de ese feo Dragón, apareció el más galante y valiente héroe de todos, un mago tan poderoso que se hizo llamar Mago con M mayúscula. Para oponerse a la conquista del feo Dragón, el Mago compartió su magia con aquellos que así lo deseasen. A cambio, el Mago obtuvo todo tipo chucherías, desde almas hasta partes corporales, algunas útiles y otras no tanto. Lo importante era que los hijos de aquellas personas obtendrían la magia de sus padres. Aquellos con magia estaban protegidos contra la marca de esa terrible dimensión destructora. Por supuesto, el Dragón estaba furioso. Sin embargo no podía agarrarse a trompadas con el Mago porque ambos eran iguales: únicamente habrían hecho un desastre. A regañadientes, el Dragón tuvo que modificar su marca para que sus usuarios pudieran usar magia. Muchos prefirieron obtener magia del Dragón, porque les pareció mejor idea condenar a todos y no solamente a ellos mismos. El Dragón le propuso al Mago un trato, crear un Velo que mantuviera separados a los ordinarios de los mágicos, y el Mago aceptó. Claro, ese era el plan del Mago desde el principio, forzar una sana competencia comercial que mantuviera ocupado al Dragón durante miles de años. Porque lo que más necesitaba el Mago era tiempo, el tiempo suficiente para que pudiera nacer un mago, o mejor dicho, una bruja con el poder suficiente para erradicar al Dragón y a cualquier invasor. Alguien que pudiera proteger este mundo para siempre. Y adivina qué, ese grandioso Mago, ¡era yo, tú abuelo!

―Abuela, no le entiendo al abuelo ni la mitad de lo que dice, y todavía sigo sin saber por qué los demás no lo ven. ―Protestó Melodie.

Un viento malévolo sacudió los árboles. La abuela sintió un escalofrío. Fernando se quedó paralizado, al igual que el pollo. Melodie levantó la vista con curiosidad. El Mago Hartwell se encogió hasta parecer un hombre muy anciano y encorvado.

Del cielo, batiendo sus diez alas, aterrizó un hombre de cabello rubio y ojos carmesí.

¡TÚ HISTORIA ES PARCIAL Y FALSA, MAGO! ―Bramó el Dragón del Viento en cuanto tocó el suelo.

La abuela y Fernando cayeron desmayados en el acto.

―¡Abuela! ¡Hermano! ―Gritó Melodie, corriendo hacia ellos.

―Como siempre, la sutileza no es lo tuyo, Viento. ―Saludó el Mago Hartwell, sin moverse de su lugar.

¡POR FIN HE DESCUBIERTO TU SECRETO! ¡NO PODÍAS OCULTAR A TU FAMILIA POR SIEMPRE! ¡DESTRUISTE CIUDADES ENTERAS CON TUS ATAQUES TERRORISTAS, SACRIFICANDO UN SECUAZ TRAS OTRO, ÚNICAMENTE PARA TENER TIEMPO A SOLAS CON ELLOS! ¿LOS AMAS, O LOS USAS? ¡SEA COMO SEA, PIENSO MATARLOS A TODOS! ¡ESTA VEZ NO ME VOY A DETENER, INCLUSO SI NUESTRO COMBATE DESTRUYE EL MUNDO ENTERO! ¡ES MEJOR ESE SACRIFICIO, A PERMITIR QUE TU SEMILLA SE TRANSFIERA A OTROS UNIVERSOS!

El Mago Hartwell se puso de pie e hizo una reverencia. Pareció que bajo el feo gorro había un hombre alto y negro.

―Hoy no voy a luchar contigo, hagas lo que hagas. Pero debo advertirte de que, si los atacas, será mi victoria.

Habiendo dicho eso, el Mago Hartwell se fue fusionando con el suelo, hundiéndose bajo una mancha negra hasta desaparecer por completo, sin dejar rastro alguno.

―¡Abuelo! ¡Sálvanos, abuelo! ―Aulló Melodie, una y otra vez.

En un parpadeo, el Dragón del Viento apareció detrás de Melodie y le asestó un puñetazo que la atravesó de lado a lado. Ella cayó, sus entrañas y su sangre saliendo del hueco en su estómago.

Con igual velocidad, el Dragón del Viento se desplazó y puso su pie sobre la cabeza de la abuela, para luego aplastarla.

Iba a girarse para matar al niño, cuando de reojo captó un movimiento inesperado. Por instinto, dio un salto hacia el cielo y batió sus alas para mantenerse apartado. Vio que Melodie se había puesto de pie.

La niña, conmocionada, vio sus propias manos untadas de sangre. Del hueco en su estomago surgía un chorro de luz. Su cuerpo se estaba reparando, no mediante sanación ni regeneración, sino que la sangre y las entrañas perdidas flotaron desde el suelo y fueron regresando dentro de ella.

―¿Abuela? ¿Abuelo? ¿Qué me pasa?

¡ENTONCES EL MAGO NO ESTABA MINTIENDO! ¡TÚ ERES SU ARMA!

Melodie miró hacia donde yacía el cadáver de su abuela.

...

Capítulo 26              Índice           Capítulo 28

Nota de autor (15 de Agosto de 2.020)


Por fin estoy seguro de que el título del segundo libro será Melodie. En teoría dicha recopilación debería llegar a su fin alrededor del capítulo cuarenta, pero ya veremos. Sé más o menos en que punto quiero que terminé la historia, sin embargo no sé en cuál capítulo llegaremos ahí. Un tercer libro es seguro, y aunque espero que sea el último, no descartó la posibilidad de un cuarto.

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sábado, 15 de agosto de 2020

Memorias de un mago enamorado 26

Capítulo 25              Índice           Capítulo 27

Memorias de un mago enamorado


Foto original por Julius Drost
Foto original por Julius Drost

Capítulo 26: La novia del Mago


Ella no poseía magia alguna, no era más que una persona ordinaria que llegó a la Tienda y no vio nada en la vitrina excepto a su dueño.

―Bienvenida, hermosa mujer. Dime, ¿qué es lo que ves en el mostrador? ¿Son muchas cosas o una sola? Sea lo que sea, está al alcance de tu mano, por el precio adecuado, desde luego. ―Saludó el Mago Hartwell, abriendo la puerta de su tienda.

La joven miró perpleja al hombre de gorro feo y túnica negra cuyo rostro no podía ver con claridad.

―Yo… La verdad no veo nada adentro, señor, creo que su Tienda está vacía. Disculpe, ¿quién es usted? Y otra cosa, ¿cómo llegué aquí? Le confieso que no se dónde estoy.

El Mago Hartwell se mostró perplejo, una expresión que mostraba por primera vez en ese mundo. Su disfraz de humanidad se rompió por un momento: la túnica y el gorro cayeron al suelo, y la luz que emitió estuvo a punto de dejar ciega a la mujer.

Recuperó la concentración rápidamente. El gorro y la túnica negra volvieron a cubrir a la figura humanoide.

―Lo siento, espero no haberte asustado, ―Se disculpó el Mago Hartwell, también era la primera vez que lo hacía sinceramente en este mundo.

Ella dio un paso hacia él, con una mano levantada, con dedos curiosos.

La túnica se retorció, los brazos se volvieron demasiado musculosos por un instante, para luego hacerse muy delgados: se asomaron por sus mangas un par de patas verdes con espinas, como de mantis religiosa.

Aunque la mujer titubeó, siguió adelante hasta asir la túnica. La apretó firmemente y se la quitó al Mago Hartwell de un tirón. Todo lo que quedó fue un ser de energía y luz con un feo gorro por encima de su parte superior que no podía simplemente catalogarse bajo el concepto de “cabeza.”

―Eres hermoso. No, no puedo creer que exista alguien como tú. ¿Acaso eres Dios? ―Preguntó ella con reverencia en su voz.

Sin parar su avance, la mujer le quitó el gorro y lo dejó caer al suelo.

―Vaya, en serio que eres avezada. Esas protecciones están sobre mí por una razón importante, ¿sabes? La mayoría de personas se volverían locas tras ver mi verdadera apariencia. Y pensar que ni siquiera eres una de las elegidas, pues no posees ni la marca de los Dragones ni la más mínima magia. No, pequeña, no soy un Dios, y de hecho detesto esa palabra. Sólo los narcisistas se la adjudican. Hasta ahora no he conocido a ninguno digno de ese título.

―Yo, realmente no entiendo lo que estás diciendo.

―Por supuesto que no. Tengo que explicarte algunas cosas para que nuestro trato al menos tenga un asomo de justicia. Sin embargo, antes necesito saber más de ti. Sé lo que quieres, pero no sé por qué rayos querrías algo semejante. ¿Cuál es tu problema? ¿Por qué sientes que el mundo te odia? ¿Qué es aquello que más deseas en el mundo? Sea lo que sea, yo puedo ayudarte.

La mujer, su vista acostumbrándose ya a la luz, expresó la tristeza a través de sus ojos de color avellana.

―Yo, soy intersexual, lo sé desde los doce años. Siento que genéticamente soy un error de la naturaleza. Biológicamente soy más mujer que hombre. Se lo conté a mi novio ayer y de inmediato terminó conmigo. Dijo que no podía estar en una relación con alguien que no podía ser madre, alguien que realmente no era una mujer. La peor parte es que yo también quiero tener hijos, siento la urgencia, el llamado en mi mente, aunque mi cuerpo no sea capaz de hacerlo. ¿Qué clase de retorcido Dios me pondría las ansias para ser madre y no me daría lo necesario para lograrlo? Oh, es cierto, dijiste que no hay Dios.

―Dije que no conocía a ninguno digno de ese título, eso es diferente. Hay seres capaces de hacer milagros, yo incluido, si estás dispuesta a pagar el precio. Puedo ver tu utilidad, vislumbro el curso del camino que lleva a la meta deseada. Normalmente haría todo lo posible para manipularte y salirme con la mía. Claro, tú eres diferente para mí, especial. Y aún así no puedo evitarlo, mi veneno sale de mí como aquella fábula del escorpión y la rana. Por lo que te voy a manipular, y el hecho mismo de informarte de que te estoy manipulando hace parte de mis propósitos. ¿Estás segura de que deseas ser madre? Aún eres joven, apenas y eres un adulto según las leyes de tu país.

―Afirmas no ser un Dios, aunque me ofreces hacer mi deseo realidad. ¿Acaso eres un Diablo?

En ese momento, la mujer cayó en cuenta de que sus ropas se habían deshecho por la luz que emanaba del Mago Hartwell, una luz que era tan poderosa que hacía que todo lo demás se viera oscuro o nulo.

―Confieso que ese mote me encaja demasiado bien. ―Admitió el Mago Hartwell.

Ella abrazó la luz o lo que fuera sin dudar.

―No me importa el precio, confío en ti, aunque no sepa lo que eres, aún si no entiendo lo que eres, aún si dices que no puedo confiar en ti.

―¿Incluso si aquello que vas a crear termina por ser la causa de tu destrucción? No, nada te puede detener. A pesar de no tener poder tienes determinación. Esa es la cualidad que más aprecio en los seres humanos. Supongo que por eso eres la apropiada para mí.

La mujer y el ser de luz, por un tiempo, fueron uno solo. Y lo siguieron siendo, casi todos los días, durante treinta y ocho años.

...

La familia lo consideró un milagro. La comunidad científica reaccionó con escepticismo y lo achacó a un mal diagnóstico por parte del médico que había tratado su caso. Él defendió su praxis hasta que sus colegas le dieron la espalda, fue despedido y su familia lo abandonó. Por último, el médico cometió suicidio.

―Te advertí que habría un precio por pagar. ―Le dijo el Mago Hartwell a la mujer sollozante.

―¿Entonces si es mi culpa? ―Preguntó ella, asombrada a pesar de todo.

―Definitivamente no me enamoré de ti por tu cerebro. Aunque para ser justos, casi todos los mortales me parecen tontos. Para crear una vida que no debía existir, una ya existente debe desaparecer. Y debes saber que esto solamente es el principio, porque la hija de tu hija, quien será mi verdadera heredera, será la causa de muchas más muertes.

―¿Qué? ¿Por qué?

―Porque mi semilla tiene que germinar, porque los eventos que he puesto en movimiento no son adecuados para el tiempo de mi hija pero sí para los de mi nieta, porque estoy dispuesto a sacrificar incluso a mis seres queridos con tal de combatir a los Dragones, porque no me voy a detener aún si me lo pides de buena manera.

―¿Por qué me hablas así? ¡Yo sé que eres buena persona! ¿Por qué quieres que piense mal de ti?

―Ni siquiera soy una persona. No puedo lograr que lo entiendas, o que pienses mal de mí, porque te enloqueciste al ver mi verdadera apariencia. ―Declaró el Mago Hartwell.

―¡No estoy loca, yo me enamoré de ti!

―Es lo mismo. Puedo afirmarlo porque me he enamorado varias veces. Aunque te diga que soy malo, y haga cosas malas, sigues pensando que soy bueno. Claro, el bien y el mal no son más que falacias conceptuales, pero hasta tu protocerebro debería tener la evidencia suficiente para saber que yo no soy de fiar.

Habían pasado seis meses desde que ella había dado a luz. Una vez más, se habían encontrado frente a la Tienda del Mago Hartwell. Él nunca le había permitido entrar. No era como si necesitaran una cama para estar juntos. Ella y su Asistente nunca se habían visto, porque este último no tenía permiso de ver su verdadera apariencia.

―¿Lamentas que nuestra hija no te pueda ver?

―Era algo que ya esperaba.

―Siempre respondes lo mismo. ¿Acaso no lamentas nada?

―Sólo una cosa. Cuando me vaya de este mundo, no podré recordar tu nombre.

―¿Por qué?

―Porque incluso yo debo pagar un precio. Cuando establecí la magia como un mecanismo de defensa para este mundo, me sometí a una clausula: ser incapaz de recordar los nombres de aquellos que no poseyeran magia. Pensé que era un precio aceptable porque nunca pensé que me iba a enamorar, ni jamás vislumbre que la solución final provendría de las entrañas de una persona ordinaria.

―Entonces no niegas que me amas.

―Y eso sí lo entiendes.

...

La abuela de Melodie fue la única que supo cuán especial era al momento de su nacimiento: la había estado esperando, pues era lo que le había anunciado el Mago Hartwell.

―Mi hija quiso esperar hasta tener treinta años para quedar embarazada. Creo que, en el fondo, siempre se ha sentido avergonzada de no saber quién es su padre, y de que yo diera a luz cuando apenas había cumplido los dieciocho años. Que ella piense así, también fue parte de tu plan, ¿no es así?

Estaban frente a la Tienda. La abuela había salido a pasear con Melodie, que estaba empezando a dar sus primeros pasos. El Mago Hartwell la estaba cargando, tenía puesta su túnica negra y su gorro feo, y la apariencia de un fiero minotauro.

―¡Nunca debes cantar, nieta mía! ¿Me entiendes? ¡Si cantas puedes matar a la gente! ¿Entiendes?

La bebé Melodie se río y cogió uno de los cuernos, sacudiendo la cabeza del minotauro, lo que aumentó sus propias carcajadas infantiles.

―Me rindo. No logro que me tenga miedo. Tendrás que estar muy pendiente de Melodie para que no vaya a matar a mi hija y a mi yerno. O a ti. Recomiendo palmadas firmes y gritos incoherentes.

―Te hice una pregunta, querido.

―La respuesta salta a la vista, querida.

―Lo sé, he estado suficiente tiempo contigo como para intuir tus mañas. Lo que me sorprende es tu preocupación por las simples vidas mortales de tu familia. ¿No sería Melodie un arma más efectiva, si estuviera rota? Estoy segura que si ella nos asesina sin querer, eso la hará más inestable e impredecible, y por lo tanto más eficiente contra aquel Dragón que tanto detestas.

El gorro y la túnica cayeron al suelo. Aunque no tenía brazos, el ser de luz siguió cargando a Melodie, cuya reacción fue de alegría.

―Reconozco que te has vuelto más sabia con la edad, querida.

La abuela se acercó y cogió a Melodie entre sus brazos. La niña no pareció muy a gusto con esa decisión, y extendió sus brazos hacia la luz cegadora con dedos demandantes.

―Estoy dispuesta a infundir el miedo en mi nieta, para que no ande cantando por ahí. Pero debes ser consciente, querido, que si intentas ir contra la corriente que tú mismo ayudaste a impulsar, puedes terminar ahogado.

―No me gusta para dónde va esta conversación. ―Dijo el Mago Hartwell, cubriéndose nuevamente con sus prendas.

―Ya he vivido suficiente. Prefiero morir de manera calculada que dejarlo al azar y causar la muerte de mi hija o de su esposo. Y si mi muerte ayuda a derrotar a tu malvado Dragón, mejor aún. En estos últimos años conmigo te has ablandado un poco. Si bien eso reconforta mis sentimientos, de no llevar a cabo tu plan, puede llegar el día en que todo sea destruido por tu momentánea debilidad. ¿Cuándo es el tiempo más óptimo?

El Mago Hartwell, oculto su rostro bajo el feo gorro, sonó triste y pensativo al hablar.

―No serás la única en morir. Sólo tendrás cincuenta y seis años. Y nuestra nieta sufrirá de un modo inconmensurable.

La abuela de Melodie, con su nieta en brazos, se acercó y le puso una mano encima, aplastando el feo gorro sobre él.

―Ahora eres tú quien habla sin sentido. Todo en mensurable, todo es matemático, esas fueron tus palabras. Aún tenemos ocho años, deberíamos disfrutarlos lo más que podamos. Y cuando llegue el momento, salvaremos este mundo juntos, querido.

...

Capítulo 25              Índice           Capítulo 27

Nota de autor (8 de Agosto de 2.020)


Otra semana bizarra. Tuve que hablar con un hombre desesperado y suicida cuyo hijo lo había golpeado, creo que ese fue el punto más angustiante de estos últimos días.

Compré un cable VGA para poner en uso mi segundo monitor y la verdad me ha rendido mucho más así. No me voy a comprometer a entregar más de un capítulo por semana, pero sí lo voy a intentar.

Como siempre 2.020 ha estado lleno de eventos grandes, terribles, pero grandes, como dijo Ollivander. Los conmino a todos a seguir con vida, a seguir buscando su luz, y a retroceder nunca rendirse jamás.

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