Buscar este blog

jueves, 5 de febrero de 2015

Trozos de azúcar

Cuento para niños y ancianos


A los diez años conocí a mi abuela. Era más arrugada que una pasa y los ojos negros eran como los de un cuervo. Lo único que me gustó de su apariencia fue el cabello largo y plateado. Siempre que la vi estaba acostada. Cuando hablaba, su boca temblaba y dejaba escapar saliva por los extremos de sus comisuras.

La primera impresión que me dejó mi abuela era que se iba a morir de un momento a otro. No fue un pensamiento que me motivara a acercarme a ella. Para disuadirme de darle un abrazo, mi abuela me ofreció una barra de chocolate. Se ganó dos abrazos y un beso en su pastosa mejilla.

Durante varios días repetimos el ritual. Mi abuela guardaba los dulces debajo de su cama, en una bolsa plástica. Pude saborear grageas multicolores, caramelos duros y blandos, gelatina blanca y otros más que ya no recuerdo. Mi favorito era la barra de chocolate. O lo fue, hasta cuando mi abuela me dio una que estaba llena de hormigas. Yo grité por el susto y el asco. Mi madre llegó a ver que estaba sucediendo. Ella descubrió que el chocolate no era lo único con hormigas. Todos los dulces, la cama de mi abuela y ella misma habían sido invadidos por esos diminutos bichos.

Mi madre regañó a mi abuela por haber guardado los dulces ahí. Yo me sentí enfermo imaginándome que desde hace días podía haber estado comiendo insectos sin darme cuenta. No quise regresar a donde la abuela. Me vi obligado a volver dos días después. Había muerto.


En el velorio había tanta gente desconocida que no me sentía a gusto en ningún lado. Lo que quería era estar sólo. Me sentía triste, culpable, miserable. No podía llorar, me sentí mala persona por ello.

Me acerqué a mi madre durante un breve momento del velorio en que los invitados no siguieron dándole el pésame porque se fueron a tomar café. Con las arrugas que le habían salido por el llanto, mi madre se veía casi tan vieja como la abuela.

–Mamá, ¿soy mala persona por no llorar?

–Claro que no –dijo ella afligida–. Malo serías si te diera alegría y sé que ese no es el caso. A lo mejor no lloras porque no la conociste lo suficiente.

–Mamá, ¿por qué no me la presentaron antes?

–Ella y yo nos peleamos cuando me fui de la casa. Tardamos demasiado en reconciliarnos. Lamento que no la hubieras tratado antes.

– ¿Por qué me la presentaste sabiendo que estaba tan enferma? –Me dio rabia que me provocaran el dolor de su perdida a propósito.

Mamá se quedó en silencio un rato antes de contestarme. En sus ojos había lágrimas. Su boca sonreía.

–Porque ella sentía remordimiento por no haber pasado más tiempo contigo: quiso regalarnos sus últimos días. Todos esos dulces que te daban era su forma de expresar lo mucho que te amaba.


Tardé en comprender las palabras de mi madre. Los años han pasado, pero aún recuerdo los días en que me senté al lado de mi abuela a comer montones de dulces. Ahora no como tantos. Sin embargo, cada vez que ingiero un dulce, recuerdo la sonrisa desdentada y dichosa de mi abuela. Ella era feliz porque yo era feliz.

Nota del autor

Este cuento lo escribí pensando en mi bisabuela, a la que no alcancé a conocer por mucho tiempo, pero recuerdo con mucho amor.

Muriendo sin sentido y por diversión

Un corto vídeo de Happy Wheels, necesitaba hacer tonterías antes de iniciar mi próxima serie. Me he inclinado por Mogeko Castle después de todo. Se ve muy interesante y espeluznante. Pero aún no he empezado a jugar, hoy y mañana, lo que les tengo para ofrecer es mucho teatro, risas y lágrimas con las más sangrientas carreras.

Muchas gracias por ver.

Happy Wheels Adios Timmy
Happy Wheels Parte 5: Adiós Timmy

Publicar un comentario