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martes, 8 de julio de 2014

Desconocido

Desconocido


Velázquez llegó con media hora de retraso al bar. El cantinero estaba cerrando y estuvo a punto de no permitirle entrar. Era una noche especial, con hora de ingreso y un mínimo de bebida por cliente. No era el ambiente preferido por él, quien disfrutaba más del ir y venir de una variopinta clientela.

Irregular y desconocido
Irregular y desconocido (o La Ilusión de la Constancia) por David Goehring

Velázquez era un alcohólico empedernido desde hace siete años. Se preciaba de conocer su vicioso agujero mejor de lo que conocía a su esposa insatisfecha o sus hijos rebeldes. Apreciaba más el humo del cigarrillo que el olor de la comida de su mujer, gozaba más con las charlas incoherentes de algún compañero de botella ocasional que el monótono quejarse de sus retoños. El olor acre de la madera, la semioscuridad, las ocasionales peleas, eran anormalidades que le proporcionaban felicidad.


No era la costumbre de Velázquez esperar para caer en los brazos anhelantes de Dionisio. Sin embargo, esa noche no se sentía confortado. Desde el momento en que el cantinero lo dejó entrar a regañadientes, no se había sentido como en su casa. Algo indefinible desencajaba la ebria armonía de todas las noches.

Estaba sentado en la barra del bar, bajo la mirada inquieta del cantinero. Le había servido un vaso rebosante, algo inusual. Por norma, su expendedor de ambrosía nunca llenaba los tragos, dejándolos hasta la mitad. Sin importar quién protestara, nunca había servido de más. Velásquez se quería convencer a sí mismo de que debía alegrarse por la repentina generosidad del calvo cantinero, cuyo nombre nunca había podido aprender. A veces lo llamaba Juan y otras Joaquín: lo más probable era que no fuera ninguno de los dos.

Pensó que el cantinero era más rudo que otras veces. Nunca lo había visto sin su delantal tan sucio, originalmente azul pero ahora parecía gris, sus jeans desgastados y con una mancha marrón, sus camisetas usualmente rotas en los sobacos. Esa noche, Juan o Joaquín era otro: tanto su camiseta, como sus jeans y delantal, eran un orgullo de limpieza. Velázquez concluyó que la única forma de parecer tan limpios, era que fueran nuevos. No le agradó ese descubrimiento, era un punto negro en la blanca ventana de sus noches de borrachera. Un cantinero perdulario sobre el cual derramar bebidas sin querer. Al perderle, se sintió agredido.

Para colmo de males, se había afeitado. Su barba estilo candado, desaliñada en extremos, había desaparecido. A él no le interesaba si el cantinero tenía alguna razón para cambiar su apariencia personal. Sentía que el Caronte descuidaba sus obligaciones para los muertos en vida que eran sus clientes. El espíritu luchador que Velázquez había supuesto muerto desde hace años se removió en su interior en busca de una confrontación. Se quedó mirando a su expendedor directamente a los ojos para llamar su atención y luego poder decirle camorreras palabras, mas no dijo nada. No porque se acobardara, sino porque a pesar de las mejoras en su higiene personal, Juan o Joaquín se veía más grande, feo y loco que nunca.

Sus ojos se movían de un lado al otro vigilando los movimientos de cada cliente, pendiente de ellos con afanosa atención. Tenía una sonrisa amplia, fingida como era de esperarse en quien atiende clientes, pero a Velázquez se le hizo una sonrisa demasiado larga. Locamente larga.

Su cabeza calva se veía como hinchada esa noche. Tras fijarse de reojo, notó que una especie de bulto carnoso sobresalía por el lado derecho, entre la sien y la coronilla. Era de un color nada saludable, una especie de beige amarillento, y cruzado por grandes venas verdes.

Para reprimir el asco, miró de un lado a otro como buscando a alguien. Encontró que a todos se les había servido generosamente esa noche, copas casi derramándose que le dieron aún más mala espina. Las anómalas señales se le estaban retorciendo en el estómago y le provocaban un palpito en el pecho: una clave morse que repetía cada vez con más insistencia la palabra PELIGRO.

Velázquez estaba seguro de que apenas había pasado media hora desde que las bebidas habían empezado a circular. Cuando entró, pudo escuchar con claridad como alguien se quejaba de que hubieran esperado a cerrar la entrada para vender el alcohol. Era demasiado pronto para que todos los clientes estuvieran dando tumbos de borracho en sus mesas y taburetes. Sin embargo sus ojos no lo engañaban, reconoció a algunos clientes regulares y sabía que eran chupadores de peso pesado.

No comprendía como era posible que el lugar estuviera convertido en una aciaga bacanal en menos de una hora. No a menos que las bebidas tuvieran algo más dañino que el inocente alcohol.

Al quedarse sentado en la barra, contemplando con desconfianza su vaso de obligatorio consumo con su entrada, el cantinero pronto pasó de servicial a callado, luego de indiferente a hosco y finalmente fue agresivo.

—¿Estas enfermo o qué? —Le preguntó el cantinero con apuro y ferocidad, retándolo—. ¡Apura el trago de una vez!

Velázquez le dedicó su mejor sonrisa de idiota a Juan o Joaquín para dejar pasar el tiempo. Quería espantar los fantasmas del temor sin razón antes de embriagarse. Agachó la cabeza para aspirar el familiar olor a vómitos viejos de la barra. No encontró paz, sino inconexos mensajes raspados en la madera:

“Santificaras las fiestas. Cristo te ama. Llama a la policía y te corto las bolas”.

Una sarta de escritos dipsómanos, se dijo a sí mismo, pero el código morse en su pecho le aseguró lo contrario. Deseo haber tomado antes de entrar en la paranoia, para poder culpar de sus delirios al trago. Porque, finalmente, en su mente había vencido el sobrio pensamiento de que su bebida estaba envenenada, todas las bebidas llenas con el amor asesino del cantinero, que se había engalanado para una ocasión tan especial.

Volvió a leer el mensaje y se preguntó como lo habían escrito. En ese mismo instante, el cantinero puso a un lado del mensaje un fragmento de vidrio, un pedazo del cuello de una cerveza. Fue como estampar su firma en una obra de arte. Sonreía, o más bien, estiraba las comisuras de los labios, Le guiñó un ojo a Velázquez. Con un movimiento de cabeza, le señaló en dirección a un cliente cercano: se estaba desplomando como un árbol cortado por un leñador invisible. Cayó de rodillas, vomitando sangre, sacudido por sus propios estertores de ahogado.

—Ya murió el primero. —dijo Juan o Joaquín en tono afable—. Si no te lo tomas tú también, te lo meto yo mismo por el cogote.

No alcanzó a levantarse. El cantinero lo sujetó por el cuello con fuerza inhumana, con una sola mano. Con la otra quiso embuchar por su garganta la bebida rechazada. Velázquez se encomendó, no supo a quién, fue más una petición de auxilio apremiante que un llamado específico.

Justo en ese momento, las puertas del bar fueron abiertas de par en par por un escuadrón de policías. Vieron como el cantinero hizo que hasta la última gota bajara por la garganta de Velázquez y abrieron fuego sobre él.

Despertó tres meses después en una clínica. Era el único sobreviviente. Cuando la enfermera quiso darle un barbitúrico para que durmiera tranquilo, Velázquez le informó que no lo requería.


—Nada más consígame un buen trago señorita. Es todo lo que necesito.

Nota del autor

Cuando escribí éste cuento quise combinar tres cosas que no me gustan: el alcohol, los locos y la muerte. Ojala me sintiera menos enfermo al momento de escribir la nota, para añadir algo más emocionante.

Otro cuento de terror:

El Cepillo


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