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lunes, 21 de julio de 2014

El escritor que enloqueció

El escritor que enloqueció


Evgeny Chirikov
"Evgeny Chirikov en su escritorio" por Ivan Kulikov.

Se necesita muy poco para enloquecer a un escritor. De por sí ya nos falta una tuerca al escoger un oficio tan desagradecido.

Para depositar cada letra se requiere un amor sin fin, o un odio irremediable. Y a cambio, el escritor no recibe más que desprecio por parte de quienes lo rodean. La sociedad ama a los escritores, pero la sociedad es un concepto que está demasiado alejado de la realidad.

Para convertir a un escritor en un loco asesino se necesitan dos cosas. La primera, que esté lleno de ilusión. La segunda, arrebatar dicha ilusión de una manera tan brusca e inesperada, que la sanidad del escritor se parta en pedazos tan diminutos que nunca puedan ser encontrados.

Tomemos por ejemplo lo acontecido al escritor norteamericano Isaac Dorink, nacido en Rusia y repatriado en la tierra de la libertad. Durink escapó de la Rusia comunista no por sus creencias políticas, que no las tenía, sino por la posibilidad de convertirse en un escritor de ciencia ficción. En un principio las cosas le fueron bien. Publicó dos libros que no fueron espectaculares, él mismo lo reconoció así, aunque sí fueron lo suficientemente exitosos como para que pudiera traer a su perro desde su tierra natal.



La mascota era lo único que le había quedado de un matrimonio cuyo momento más glorioso había sido el divorcio. Su hermano le hacía el favor de traerlo a cambio de un dinero y la posibilidad de quedarse a vivir con él. Dicho hermano era un vividor, y Dorink estaba dispuesto a soportarlo con tal de tener a su lado a su amado canino.

La desgracia atacó a Isaac Dorink por donde menos pensaba: el barco naufragó, su perro murió y su hermano sobrevivió. Dorink quedó devastado y plasmó su dolor en una de las mejores novelas jamás escritas sobre la amistad: Te amé más que a Dios y no me importa. Dorink pensó que podría superar la pena de la perdida cuando una noche su hermano le confesó (se había emborrachado cuando están celebrando el primer y único Best-Seller que Dorink obtuvo en vida) que pudo haber salvado la vida del perro, mas optó por no hacerlo porque el perro le había mordido la mano cada vez que lo alimentaba.

Furioso, Dorink intentó acabar con la vida de su hermano arrojándolo del balcón, pero se tropezó y se lanzó a sí mismo del sexto piso. Los vecinos, que habían escuchado todo el altercado entre los hermanos, corroboraron la historia del vividor, quien además de no ir a la cárcel, heredó la gigantesca fortuna que la Magnus Opus de Isaac Dorink fue acumulando con los años.

Para quien sea que esté leyendo esta despedida, les puede parecer la más extraña nota de homicidio-suicidio que hayan visto en su vida. No se preocupen, aquí es donde todo cobra sentido. Hace unos días, una pequeña compañía editorial mostró interés en un libro que les mandé. No podían ofrecerme mucho dinero por adelantado, aunque eso era lo de menos para mí: yo estaba encantado con los cumplidos tan sinceros y enormes que hicieron de mi humilde obra, nacida de una idea tonta que tuve en la infancia. Ellos estaban tan entusiasmados, que creían que mi libro se vendería muy bien y que no sólo podía tener una secuela, que podía llegar a convertirse en una decalogía. Sus palabras tan amables y la fe que depositaban en mí me hicieron llorar conmovido.

Lleno de felicidad, reuní a mi familia y les conté la noticia. Me recibieron con caras largas, comentado lo absurdo que era ese rollo de ser escritor. Me preguntaron cuánto me iban a pagar y luego procedieron a burlarse de mí.

Al igual que el resto de la humanidad, la aprobación de mi familia nuclear era importante para mí. Pero a diferencia de algunos, yo no pude despegar del nido y seguir mis sueños sin prestarle importancia a su opinión. Por ellos estudié una ingeniería, por ellos trabajé en lugares horribles, y por ellos le robé horas a mis sueños para escribir cuando no molestará a ninguno.

Al igual que Isaac Dorink, creí que finalmente haría las paces con mi dolor y frustración, cuando en realidad estaba a punto de hacer un descubrimiento terrible, desmoralizador, detestable. Me sentí despreciado, disminuido, y con una extraña compatibilidad hacia la letra d. Por eso los destacé con un cuchillo de cocina, mientras dormían, deseando que se fueran al infierno. Al menos me fue mejor que a Dorink, porque no morí de un modo estúpido sin antes haber logrado destruir el objeto de mi odio.

Durante el día inicié la confección de esta nota, que ahora llega a su fin. Pido disculpas a esa pequeña editorial, tendrán que conformarse con las ventas de ese único libro. Si por casualidad se vendé como pan caliente, donen algo a la caridad, a una que tenga que ver con animales de ser posible.

Nota del autor


Este cuento tiene mucho de Borges y de Goethe, aunque no estoy seguro de que alguien aparte de mi pareja pueda captar dichas referencias. Me disculpó por publicar tan tarde hoy, el tiempo se me fue volando y ni supe cómo exactamente. Muchas gracias por leer.

Supongo que no está de más reiterar que ninguno de los acontecimientos representados en el anterior relato tienen relación alguna con evento o persona real. Y el escritor del cuadro sí existió, sin embargo no guarda relación directa con mi escrito. Nada más que su imagen atribulada frente a su escritorio se me hizo perfecta para ilustrar la batalla del narrador.


¿No sería genial un club de lectura y escritura?

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