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miércoles, 2 de julio de 2014

Seducción

Advertencia: El siguiente relato contiene sexo y violencia moderada.


Seducción


Él era mayor que ella, con esa sapiencia impetuosa de los que han pasado los cuarenta años y aún son fogosos en la cama. Le tendió una mano suave, de apretón firme, le posó un beso delicado y ardiente sobre el blando dorso. Atrapó su atención con los ojos verdes.

Chica de ojos verdes
Chica de Ojos Verdes: Gritando en Silencio. Por Alyssa L. Miller

—Mi nombre es Joshua. —A Christine le sonó tan dulce como la miel—. Es un verdadero gusto conocerte. —Cayó hipnotizada por sus ojos, cual esmeraldas brillantes y perfectas—. He escuchado hablar tanto de ti.


Christine cayó rendida ante sus atenciones, por ello no reflexionó en el hecho de que ella nunca había escuchado hablar sobre él. Después de todo, por un hombre como Joshua era que se había comprado el vestido negro que costaba dos meses de sueldo, además de afeitarse las piernas, las axilas y otros lugares estratégicos. Christine no era una guapa fiestera de tiempo completo ni tampoco una fea mosquita muerta: ella estaba en algún punto medio.

Su cabello castaño lucia bien con el peinado de moño elevado, resaltando sus ojos rasgados (que lastimosamente eran oscuros, que hubiera dado ella por tenerlos como él) y sus pechos generosos se erguían con orgullo esa noche. Sin embargo, cuando Joshua la sacó a bailar, ella estuvo segura de que él era el más bonito de los dos.

No era uno de esos metrosexuales de moda, Joshua era un amante consumado, un maestro del sexo. Su baile no fue un indecente toqueteo juvenil; Christine lo catalogó en su mente como un candente roce que pasó inadvertido para la mayoría.

Finalmente él pronunció las palabras que ella tanto esperaba.

—Quiero estar a solas contigo. ¿Puedo invitarte a una copa en mí casa?

Aceptó sin titubear. Abordaron su flamante carro rojo (Christine no sabía de marcas, pero estaba segura de haber visto ese modelo en la televisión) y de inmediato se manosearon con fervor. Ella se quitó el sostén y se bajó el vestido hasta la cintura. Joshua magreó sus senos con habilidosas manos, apretándolos con dura ternura, de arriba abajo, encajando su redondez con sus dedos mágicos. Christine tuvo dos orgasmos antes de darse cuenta que le había quitado los pantalones y se había metido su pene en la boca. Cuando él eyaculó, ella se vino por tercera ocasión.

Se arreglaron un poco y luego el coche arrancó. Joshua la premió con una sonrisa de felicidad. Tan confiables le parecieron sus dientes blancos que una parte de ella creyó que a lo mejor había encontrado al indicado para casarse. Se recriminó a sí misma por dejarse embelesar por una sonrisa brillante; a pesar de eso, la certeza de lo bueno que era Joshua siguió creciendo en su interior.

Llegaron al hogar de Joshua pasada la media noche: una pequeña casa sobre la colina, visible bajo la luz de luna llena, tan idílica como se pueda imaginar. Él le ofreció una copa de vino antes de proseguir amándose. Christine la bebió y perdió el conocimiento.

...

—Despierta dulzura. Es hora de pasar al nivel dos.

Estaba mareada. No era resaca; era diferente porque no tenía nauseas. La embargaba una sensación de nebulosa desorientación. Sintió que la abofeteaban en los cachetes para que recuperara la conciencia. Funcionaba, aunque Christine se negaba a darle crédito a sus sentidos, era mejor negar la realidad, creer que seguía durmiendo.

—¿Estás despierta dulzura? Realmente no puedo esperar más para amarte, quiero estar seguro de que sientas todo mi amor.

Sus muñecas y tobillos estaban amarrados a los extremos de una cama isabelina. Estaba atada con una gruesa cuerda de cáñamo, de esas que se usan para atar animales de granja. Christine estaba desnuda. La cama no tenía sabanas sino un plástico enorme. La nariz estaba ofendida por un fuerte olor a formol que la puso llorosa. A un lado, sobre una mesita de noche, vio la botella de la cual provenía el intenso olor.

—No te preocupes mi amor, consolaré tu tristeza, haré que tus lágrimas desaparezcan. En los mandamientos de sangre encontrarás sosiego.

Joshua estaba de pie a un lado de la cama. No tenía camisa y usaba un pantalón viejo, como si fuera a realizar una labor hogareña, como pintar una pared o limpiar el sótano. Tenía unos extraños tatuajes en el estómago, una especie de marcas tribales. Usaba un reloj de pulsera en la muñeca izquierda.

Christine no pudo hablar porque tenía un pañuelo metido en la boca. ¿Qué hubiera dicho?

No bromees conmigo. Suéltame. Voy a llamar a la policía. Por favor no me hagas daño.

Ni ella misma lo sabía. Al fin y al cabo, ella estaba dispuesta a entregarse a él sin el uso de la fuerza, ¿qué más podía querer él? Por los enloquecidos ojos de su amado, intuyó que a él no le interesaba su cuerpo, no iba a violarla. En lugar de tranquilizarla, ese pensamiento la condujo al miedo.

Joshua empapó un trapo sucio con más formol y se lo pasó por el rostro: quería hacerla llorar abundantemente.

—Cálmate mi amor. —Le susurró con su voz de terciopelo—. Sanaré tu dolor en cuanto me entregues lo que quiero. Acepta las voces, repite mi credo.

Oh Dios mío bendito que quieres dímelo y te lo entregaré tan sólo no me hagas daño.

Del bolsillo trasero del pantalón, su secuestrador extrajo un extraño cuchillo de fabricación casera. Su base era de madera alargada y su punta curva, el cuerpo del acero era delgado y filoso.

Con lenta meticulosidad, Joshua procedió a trazar complicados jeroglíficos sobre su abdomen. Las heridas eran líneas finísimas, hilos rojos que se quedaban en las primeras capas de piel sin atravesarla. Los gritos de Christine se quedaron ahogados en su boca cerrada.

—Las heridas más dolorosas son las superficiales, ¿lo sabías? Ahí es donde residen las terminaciones nerviosas más importantes, las que nos previenen del frío, del calor, y de lo venenoso. ¿Cómo pudiste permitir que me acercara a ti? Tengo que ayudarte a despertar tus sentidos. No te preocupes, te haré un mejor ser humano. Cuando terminé contigo, te habrás vuelto a conectar con tus instintos animales. No volverás a ser la presa nunca más. Y tú cargaras la antorcha para encender mi tumba.

La cortó a lo largo de una hora, hasta que sonó la alarma en su reloj de pulsera.

—Pronto regresaré, amada mía. Siempre regresaré. Hasta que te hayas convertido.

A partir de ese momento, el tiempo fue relativo para Christine. En el cuarto las luces amarillas provenientes de las bombillas no dejaban de estar encendidas. La luz del sol nunca penetraba.

Cuando Joshua regresó, le puso una intravenosa en el brazo para administrarle un nutritivo suero, y un grueso catéter en el ano para que no tuviera necesidad de ir al baño.

Rutina.

Joshua iba y venía, la cortaba una y otra vez, reproduciendo en su estómago las mismas heridas tribales que él llevaba en su vientre.

Ella se acostumbró a escaparse de la realidad.

Joshua dejó de hablarle cuando se dio cuenta de que no lo escuchaba. En lugar de contrariarse se alegró: perderse dentro de la locura hacia parte del proceso.

Comenzó a relevar la tortura con sesiones de miradas. Quería atraer la perdida mente de Christine de los reinos lejanos. Era necesario que regresara de la umbra. Pronto, más pronto de lo que él esperaba, los ojos de ella lo contemplaron desafiantes, tan brillantes y enloquecidos, que lo forzaron a retirar la vista.

—Estás lista. —Le anunció un día sin ceremonia alguna. La desató y le dijo que podía irse.

Ella se sentó en la cama, pensativa. Se quitó el catéter del culo con un tirón que desgarró un poco su piel. No le prestó atención a la sangre que manchó sus posaderas. Su atención estaba centrada por completo en el complicado laberinto que Joshua había marcado alrededor de su ombligo. Ahora ella entendía su significado. Christine había sobrevivido al ritual, viajado a los reinos de la muerte, conocido al dios verdadero y regresado para esparcir sus mandamientos de sangre.

—Gracias. —Le habló a Joshua con sinceridad.

Él sonrió, le entregó el cuchillo y cerró los ojos. El tajó que le cortó la yugular y le robó la vida fue, en una palabra, liberador.

Christine se armó de paciencia. Tomaría tiempo encontrar un buen sustituto. Sabía que hacer. Las voces en su cabeza la guiaban a cada paso. Nunca acabó de acostumbrarse a la decepción provocada por aquellos que no entendían el mandamiento de la sangre. Sus dioses le susurraron que se tranquilizara. Por cada perdida se vería compensada.


Aunque el transcurrir de los años se fue llevando su juventud, sus ojos verdes conservaron el brillo necesario para atraer a su reemplazo.

Nota del autor


No recuerdo para que concurso escribí éste cuento, pero tuvo que haber sido uno muy perturbador. O a lo mejor fue una época muy oscura de mi vida que ya crucé, o una etapa de escritor que podría volver a pasar. Me gusta saberme capaz de escribir así, aunque en el presente no me siento en el animo para hacerlo.

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