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jueves, 22 de mayo de 2014

El Abuelo

El Abuelo

Suicidio
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Augusto (no es su nombre real) es un hombre grande de mirada somnolienta. Parece aburrido y tiene razón para estarlo: es la tercera vez que nos reunimos para que me cuente su historia. Nuestras dos sesiones anteriores fueron largas y no llegamos a ningún lado. Al final de la última se ofuscó un poco.

Le gusta la sala de mi casa. Ha puesto la grabadora a un alto volumen. Augusto cambia de emisora a cada momento; según su estado de ánimo es el género que quiere escuchar. Le propongo que empecemos y él acepta. Le pido que me cuente de su abuelo.

"Mi abuelo era un hombre de campo. Sus antepasados, al igual que los de su mujer, mi abuela, eran indios. De mi abuelo incluso se sabía que descendía de la tribu indígena Mondego, que formó parte de los Quimbaya, los indígenas del departamento del Valle del Cauca en Colombia. Le llamaban Mondego, no por su apariencia de hombre blanco y ojos verdes, sino por su carácter violento, por su afición al trago y a las mujeres, actos que realizaba con la pasión de un guerrero aborigen en tiempos de paz. Tal vez ese fue su problema, no poder luchar en ninguna guerra y tener que conformarse con ser un hacendado descarrilado."

"Nunca me gustó mi abuelo. Cuando yo era niño me regañaba, con o sin motivo. Una vez derrame un balde con la leche de una vaca recién ordeñada y pensé que me iba a matar. Cuando iba a nuestra casa teníamos que esconder el horno cubriéndolo con ropa sucia; lo compramos sin que él se diera cuenta. Pensaba que ese tipo de aparato era un lujo necesario. Regañó a mi papá cuando compró un televisor a color en una época en que ya nadie tenía a blanco y negro. Aunque burlada, la autoridad y voluntad de mi abuelo se imponían. Era como Dios para su familia…"

Le hago una señal con la mano para que detenga su narración. Quiero que me cuente más de su padre.


"Mi padre… Él es un buen hombre, mas al mismo tiempo no es muy bueno. Yo antes le echaba la culpa de todo lo malo en mi vida, ya no. Dadas las circunstancias adversas de su niñez y adolescencia, fue el mejor hombre que pudo ser."

"Mi papá era el hijo varón mayor de la familia. Tenía tres hermanas mayores y un hermano menor. Pudo haber sido el favorito de mi abuelo, sin embargo se convirtió en el más odiado. Mi abuelo le daba una zurra todos los días. Mis tías cuentan que mi papá era travieso, tremendo, pero eso no justifica como lo trataba mi abuelo. Hay algunos castigos memorables. Por ejemplo, al frente de la finca donde vivían existe una pequeña canal. Hoy en día su nivel de agua es bajo porque le quitaron al río Cauca que era su afluente, sin embargo en el pasado dos hombres hubieran podido hundirse allí, uno encima del otro. Una vez mi abuelo salió a perseguir a mi padre agitando la correa por encima de su cabeza. Mi papá, del susto, se tiró a la canal, nadó hasta la otra orilla, y estando allí a salvo se mofó del aterrador señor Mondego que, furioso, lo maldecía y le ordenaba volver. El escape ocurrió al medio día. Al caer la noche, mi papá aún seguía al otro lado del canal. Mi abuelo pareció aburrirse y se fue. Ante las súplicas de mi abuela, mi papá volvió a casa nadando. Estaba cansado y deseoso de comer un buen plato de sancocho. Entró a la casa, buscando a mi abuelo sin encontrarlo y se relajó. Se sentó a la mesa y en cuanto cogió la cuchara, mi abuelo le salió por la espalda y lo agarró del hombro. Mientras le daba correazos le gritaba: '¡PARA QUE TE VUELVAS A BURLAR DE MÍ, HUEVONCITO!' Así era mi abuelo."

Le pido que se detenga de nuevo. Le digo que su relato está bien, aunque sigue evitando hablar de su padre. Se molesta y murmura que está cansado. No puedo dejarlo ir esta vez. Le ordenó que me cuente cómo su papá se volvió un drogadicto. Augusto agacha la cabeza, respira profundo y asiente.

"Mi papá tenía doce años. Doce años de sufrir. De ser la bolsa de boxeo de mi abuelo. De ser el hijo que trabajaba como jornalero sin que le pagaran un peso. No excuso a mi padre, mas lo comprendo. Las circunstancias lo apabullaron hasta acabar con él. Mi papá comenzó con ese vicio un día que lo mandaron a darle un recado a su hermana mayor. Ella estaba con unos amigos, de esos que llaman malas compañías. Mi tía estaba fumando marihuana y se la ofreció a su pequeño hermano. Él pensó que era un cigarrillo y aceptó. Quedó condenado a ese vicio por treinta años, durante los cuales tuvo cuatro hijos. Mi hermana mayor no presentó anormalidades físicas cuando niñas, sin embargo al crecer se ha enfermado gravemente. Yo tengo un problema en la vista bastante avanzado. Mi hermano que me sigue en orden de nacimiento sufre de problemas respiratorios. Nuestra hermana menor nació muy enferma y casi muere. Sobrevivió, pero sus defensas no son muy fuertes y se comporta con hiperactividad y violencia. Por último, todos somos melancólicos y depresivos."

Se ha detenido. Se agitó con su relato y creo que va a llorar. Pero no, se contiene y se enjuaga una lágrima con disimulo. Le pregunto si damos por terminado. Augusto niega con la cabeza: aún tiene algo por decir.

"Mi padre a veces no actuó como tal. Les falló a sus hijos en repetidas ocasiones y por eso en varias oportunidades deseé su muerte. Cuando mi mamá estaba embarazada de mi hermanita, hace cuatro años, mi papá se internó en un centro de rehabilitación y me contó la verdad. Hasta ese momento yo pensaba que él tenía un problema de bebida."

"Mi abuelo odiaba a mi padre, estoy seguro. No sé porque sentía esa animadversión hacia su hijo. Fue él que más lo quiso y respetó. El único que se preocupó por no dejar perder las tierras a causa de las deudas de mi abuelo cuando éste se murió, el que la trabajó para sacar la finca a flote. Y lo hizo con desinterés, pues al final él no heredó ningún pedazo de tierra."


"La prueba final de que mi abuelo odiaba a su hijo la dio el día de su muerte. El señor Mondego estaba enfermo, tenía artritis, una variedad de artritis que en ese tiempo no disponía de un tratamiento eficaz, hace diez años. Para completar, había contraído deudas. El dolor de su vida se le figuró mayor que el de su muerte, supongo. Un día se ahorcó de un palo de mango que se hallaba en la parte trasera de la finca. Mientras se asfixiaba, se disparó un tiro en la cabeza. El hecho que comprueba el odio de mi abuelo hacia mi padre, es porque ese día, el día en que el señor Mondego se suicidó, era el cumpleaños de mi papá."

...

Nota del Autor

En lugar de escribir un artículo de humor o reflexión, he tenido que desenterrar este cuento que escribí hace un largo tiempo. La razón es que mi papá me puso a pelar brevas y como resultado me duele teclear, muchísimo. Habías pasado meses desde la última vez que había insultado tanto para terminar una labor tan harta. En fin, todo sea por el dulce.

Con este cuento/entrevista saqué una muy buena nota en la Universidad. Es 50% realidad y 50% ficción.
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